HE SEGUIDO en La Voz de Galicia la serie de reportajes sobre los retos de las ciudades gallegas para el 2005. Los mayores desafíos aparecen propuestos de una forma un tanto fragmentada. Una cascada de inversiones en equipamientos, infraestructuras y viviendas que sigue la estela de las promovidas en los años ochenta, sólo que se ha transmutado la filosofía de entonces, que las trababa desde el plan general, en objetivos más puntuales, que parecen eludir su comprensión en un contexto global. Creo que tanto la vieja práctica del planeamiento omnímodo como ésta de ahora, permítaseme decir, más deslavazada, están superadas. Antes que la reivindicación sistemática de inversiones sin límite, la ciudad necesita una fórmula específica que ponga en red todos los resortes de los que dispone. Es lo que se llama gobernanza de la ciudad, que implica cada día a las administraciones y a las personas en los proyectos generales y en sus distintas escalas, de lo local a lo global. Por eso, he percibido una escasez de referencias a temas fundamentales como, por ejemplo, la cultura metropolitana. Este nuevo espacio social y económico es y va a seguir siendo el lugar idóneo para afrontar los problemas de demografía, vivienda, transporte, etcétera, y por ello demanda más voluntad política que grandes directrices territoriales. Dado que las tendencias de la economía urbana pivotan fundamentalmente sobre los servicios, y éstos están muy vinculados a la investigación, el desarrollo y la innovación, se echan en falta las referencias a la relación entre universidad y ciudad, mientras se sigue poniendo un énfasis, en mi opinión excesivo, en la visión clásica del industrialismo de polígonos. Tampoco se habla de la necesaria cooperación entre las ciudades para formar un totum que, junto a las redes viarias existentes, la implantación de las líneas aéreas de bajo coste, el AVE y una buena coordinación y comunicación intermodal, pueda hacer de Galicia un sistema urbano preparado para competir en Europa. Esto ayudaría, a su vez, a borrar los vestigios de localismo arcaico. No parece tenerse en cuenta que una ciudad bella y bien conformada es más habitable y atractiva para la economía. Por no hablar de la confortabilidad, hoy por cierto tan degradada por el agobio del tráfico y que, por muchas vueltas que se le quieran dar, su resolución no va a depender tanto de nuevas infraestructuras, sino de organizar con pautas utilitarias y educativas los tráficos rodados y peatonales. La filosofía de la ciudad consiste en combinar, en última instancia, la física de los objetos (auditorios, palacios de congresos, puertos exteriores...) con la química de la inteligencia y la implicación de las personas, tarea fundamental a la que están llamados los poderes públicos en esta sociedad que quiere girar a la modernidad.