, decía el latinajo universitario: lo que no da la naturaleza, la salmantina no lo presta. Y si a los salmantinos no les gusta prestar las cosas, imagínense darlas. O devolverlas. Quizá venga de aquí la dificultad que encuentran con la decisión de reintegrar a su dueño los papeles de Cataluña . Los veo en su hermosa Plaza Mayor, con la pancarta en una mano y en la otra una botella de sidra, que en esta absurda campaña contra el cava catalán se ha convertido en una especie de cocktail molotov de la Derecha¿ Me pregunto si de verdad saben lo que defienden. Curiosamente, yo estoy de acuerdo con ellos: creo que el archivo debe quedarse allí (las copias, los originales deben volver a sus dueños). Pero es algo que no defendería con orgullo. Ese archivo me quemaría las manos. Hasta la consejera de cultura de Castilla y León, que ha iniciado este llamémosle alzamiento nacional contra la marcha de los papeles, lo reconocía: «El archivo tiene una historia repugnante, pero otros archivos también la tienen igual de repugnante», decía ella. Tristemente, no muchos. Mientras iban tomando pueblos y ciudades, acompañaban a las tropas de Franco los funcionarios de la OIPA (Oficina de Investigación y Propaganda Antimarxista), que iban recopilando cada pequeño papel que podía dar una pista de la ideología no de los líderes sino de las personas comunes y corrientes. Un simple donativo al Socorro Rojo, por ejemplo, bastaba para entrar en la lista negra. Estos funcionarios eran eficacísimos: en 1958 tenían ya cuatro millones de fichas anotadas a mano. Gracias a sus esfuerzos pudo fusilarse a más de cien mil españoles (lo escribo en letra, para que nadie crea que ha leído mal) y encarcelar, expedientar o sancionar a centenares de miles más. El archivo no era un pilar de la represión; era, simple y llanamente, la represión. Yo tengo en casa uno de los papeles de Salamanca . Es la condena a muerte de mi abuelo («Tribunal de represión de la masonería y el comunismo»). Es sólo la fotocopia y ya me entristece y me sobrecoge pensar en lo que fue todo aquello, en uno y otro lado. Por eso no entiendo a los salmantinos que veo en la televisión (no son todos), voceando su apego al botín de guerra de una guerra horrible, mientras a sus espaldas, un monstruo que se alimentaba de nombres, de direcciones, de papeles, duerme su sueño en los archivadores.