EL MÁS ANTIMPERIALISTA de los tres candidatos gallegos es el que mejor practica las técnicas yanquis. El BNG de Quintana, que no el de la UPG, aplica el sistema de los Clinton en sus carreras electorales a la Casa Blanca y al Senado. Ante cada nuevos comicios, creaban una war room. Una habitación de guerra en la que encerraban sine die a un puñado de gurús para tomar la iniciativa política o quitársela al enemigo. Cuando caían chuzos de punta sobre el BNG por el Plan Ibarretxe, Quintana apareció con un papel convertido en Declaración de Rianxo. Cuando semanas atrás el ping-pong entre PP y PSOE sobre el Plan Galicia parecía eterno, surgió con otro papel para proponer un pacto social por las infraestructuras. Este último folio, que tiene una redacción simple, casi infantil, sólo pide lo que ya solicitaron por mayoría absoluta el Congreso y el Senado con los votos del PSOE, PP y BNG. En definitiva, que las inversiones del Plan Galicia se cumplan en plazo. Con su instinto fagocitador alerta, Fraga se ha sumado encantado al pacto de Quintana al olerse que Touriño le daría la espalda. Y se la ha dado. Porque el PSOE sostiene que es una propuesta electoralista. Por supuesto que lo es. Propia de una war room. Pero también constituye una ocasión única para demostrar que los políticos saben trabajar juntos cuando las circunstancias lo requieren. No se trata de exhibir quién defiende mejor Galicia, sino de cómo se defiende mejor Galicia: ¿juntos o separados? Touriño habrá perdido la ocasión de convertirse en la punta central de un tridente político gallego que intimidase de veras a Madrid.