¿Gallego? No, griego

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

11 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

HOMBRE, intifada, lo que se dice intifada, pues no es. Se comprende, claro, el monumental cabreo socialista ante el acuerdo entre el BNG y la Xunta del PP para exigir que se cumpla el Plan Galicia en cinco años. Pero calificar ese acuerdo de intifada revela una concepción de la política poco respetuosa con el derecho a la discrepancia democrática. ¿O es que ven ustedes a Fraga y a Quintana tocados con pañuelo de Al Fatah y a pedradas con las sedes del PSOE? No, no es necesario llegar a Palestina para saber cómo designar el pacto de circunstancias popular-nacionalista. Basta apearse un poco antes: en Grecia, gran país, que, además de haber dado nombre a un yogur maravilloso y a una oferta enigmática de los anuncios de relax, fue pionero en ese tipo de alianzas con las que la derecha y la extrema izquierda pretendían atrapar en una pinza a la izquierda moderada. Desde que los conservadores griegos se la hicieron a los socialistas aliándose con los comunistas, esas componendas se conocen como pactos a la griega. Y un pacto a la griega es lo que la Xunta y el BNG acaban de anunciar. La supuesta finalidad de la alianza parece evidente: aunar fuerzas para mejorar la posición negociadora de Galicia en la puja de presiones que ha determinado y, previsiblemente, seguirá determinando las decisiones inversoras del Gobierno. Pero -ya perros viejos en esto de interpretar lo que hacen los partidos- esa digna finalidad no puede hacernos olvidar, en todo caso, que el PP y el BNG la han puesto al servicio de sus objetivos partidistas que, aunque distintos, coinciden desde luego en lo esencial: en tratar de dañar las expectativas electorales de Touriño. El PP busca con ello dos posibles escenarios: uno bueno y otro óptimo. ¿El bueno? Que en lugar de encabezar la alternativa el PSdeG la encabece el BNG, que es una forma de hacerla casi imposible en realidad, pues es poco probable que los de Touriño entregasen a Quintana la presidencia de la Xunta. ¿El óptimo? Que las expectativas electorales de Touriño se hundan hasta el punto de permitirle al PP mantener la única mayoría que les asegura la victoria: la absoluta. El BNG ha entrado en la pinza, por su parte, para intentar crecer también a costa de sus futuros socios socialistas, lo que sería descabellado salvo en una hipótesis, que parece tomar cuerpo entre algunos dirigentes nacionalistas con el paso de los días: la de que apoyar, como gregario, un Gobierno presidido por Touriño podría ser un muy mal negocio para el Bloque. Si a ese Gobierno le fuera mal, el Bloque bajaría. Y si le fuera bien, el Bloque podría acabar convirtiéndose en lo que ya fue en la política gallega: un grupo marginal.