08 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

TIENEN los regalos mala prensa, quizá porque hemos caído en una cierta incontinencia, porque exageramos. Pero responden a un anhelo muy humano y muy difícil de describir. El regalo es siempre algo externo, algo que se queda fuera, que el otro sólo puede usar y que, indefectiblemente, terminará por perder. El regalo en sí importa poco. Importa todo, sin embargo, el cariño que se pone en él. Me decía el abuelo que los regalos deben aceptarse siempre, porque si te los ofrecen por cumplir, se fastidian, y si los dan de corazón, el rechazo les dolería mucho. El regalo auténtico es una forma de decir: «Te conozco y por eso te doy algo que te gustará, pero sobre todo te doy mi alegría de que existas». O algo así. Los regalos de verdad no son pagos de gratitudes ni formas de ostentación ni inductores de la generosidad ajena. Son la materialización de un afecto que resulta inasible con palabras, como un misterio, y busca otros aliviaderos expresivos. Por eso conmueven más algunos. Soy un mal regalador, lo reconozco, desesperante incluso por mi falta de imaginación. Sé regalar tiempo, atención, pero no cosas. Los Reyes Magos me han enseñado otra vez. A ver si aprendo para todo el año. psanchez@udce.es