El Ebro, punto final

OPINIÓN

08 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

EN EL INTERIOR, enrojecido por los últimos destellos del día, de un tren de media velocidad que avanzaba a orillas del Mediterráneo hacia las tierras del Deltebre, no podía dar crédito a que el sol se pusiera por la izquierda. Pensaba que en el solsticio de invierno se oculta casi por el sur y un poco, muy poco, por el oeste, y llegué a imaginar que pudiera deberse al efecto tsunami , que al parecer ha desviado el eje de la tierra. El Delta es el punto final de un Ebro que desde antes de tener nombre ha ido descarnando y descargando tierras, limos y cantos hasta formar una inmensa llanura que, si no fuera por las cadenas montañosas y los campos de naranjos que la circundan, parecería un desierto. Los materiales allí sedimentados han tomado la forma caprichosa de cabeza de pez abisal, con un cuerno, la península del Fangar, y unas barbas, la península de la Banya. La primera se inunda cuando el mar se agita, arruinando con el agua salada los sembrados de arroz. La segunda cierra la ensenada de Els Alfacs, donde las aguas tienden a estancarse y corromperse con el calor, matando la producción pesquera y marisquera. Haz y envés del frágil equilibrio de este arenal de espejismos, fruto de los constantes empeños del río contra el mar. El Delta es tierra en la misma medida en que el mar deja de ser mar. En algunos puntos las barras arenosas se han cerrado creando lagunas, estanys , donde se practica un productivo sistema tradicional de pesca. Gran parte de la superficie que aflora entre las aguas se dedica al cultivo de un arroz de gran calidad. Y entre tanta labor humana, garzas, flamencos, patos, gaviotas y cormoranes, anguilas, doradas, lubinas,... conviven en uno de los ecosistemas más ricos de Europa. A lo largo de la tupida red de caminos, se encuentran aquí y allá pequeñas aldeas y caseríos sin apenas historia, fundados para la explotación de estos recursos. Al paso, la luz que se refleja sobre la pátina de las aguas encharcadas produce reflejos e ilusiones ópticas de una belleza sorprendente. Si giras sobre ti mismo no sabes dónde estás, si es mar o tierra, si es río o salina, si es barro o arena, si es pez o pájaro, si es tronco u hombre. Sobre la línea de tierra firme, a modo de oasis y miradores, se alinean las poblaciones de L'Ampolla, Amposta y Sant Carles de la Ràpita. Y al fondo Tortosa, de tantas reminiscencias jacobeas, viviendo el lento declive del próspero puerto varado tierra adentro. Al anochecer, la calle Sant Blai y la plaza de Agustí Querol, donde se congregan los trabajadores magrebíes -sólo hombres y muchachos, las mujeres no se dejan ver a esta hora-, podrían pasar por el centro de Tetuán o de cualquiera de las antiguas «plazas de soberanía». El Delta, esa inmensa superficie profundamente humanizada, no es sólo suelo catalán. Desde Reinosa, el Ebro ha ido recolectando tierras en su trayecto de casi mil kilómetros para colmatar un territorio nuevo. Tienen razón quienes se oponen al trasvase, que aquí son todos, porque se rompería definitivamente el equilibrio entre mar y tierra que ha dado origen a este ecosistema único, y el Delta, amenazado ya por los embalses y el aumento exponencial del regadío, podría desaparecer en pocas décadas.