Advertencias piadosas

| RAMÓN CHAO |

OPINIÓN

CON LOABLE espíritu cristiano, el presidente del episcopado español, monseñor tal y cual (poco importan su cargo y nombre; Rouco Varela o el cura de mi pueblo hubieran hecho lo mismo) previno a José Luis Rodríguez Zapatero que no se meta con la Iglesia, sugiriendo de forma asotanada que, en caso contrario, habría de atenerse a las consecuencias. La actitud del señor tal y cual es de lo más límpido y moral. Si le hubieran advertido a Judas Iscariote que se iba a colgar, no hubiera habido redención humana, y a Prisciliano no lo habrían decapitado si le previnieran de que a eso le llevaba la disidencia. Y por no haber hecho caso a Inocencio III; decidido a luchar contra la herejía cátara, Raimundo VI de Toulouse fue excomulgado. El Papa solicitó la ayuda del rey de Francia Philippe Auguste, y ambos lanzaron lo que la Historia dio en llamar la Cruzada contra los albigenses. Al frente de las fuerzas católicas pusieron a Simon de Mont-fort, quien supo desempeñar su faena a la perfección: tomó la ciudad de Beziers y ordenó que matasen a todos los cátaros de la ciudad. «Pero señor, ¿cómo vamos a saber quién es cátaro y quién es un verdadero cristiano?». Simon de Montfort contestó: «Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos». Cuentan las crónicas que la masacre fue de tal magnitud que la sangre fluía «como un riachuelo» por las calles de la ciudad. Nada de esto habría ocurrido si el conde Raimundo hubiese tenido en cuenta las advertencias del Papa. Por eso son tan meritorias, insisto, las palabras del señor tal y cual a Zapatero: «No se meta con la Iglesia...». Otro ejemplo puede ser la masacre de los hugonotes en Francia: Carlos I de España y Francisco I de Francia se hallaban enzarzados en luchas políticas, sin tener en cuenta los consejos del Papa. Resultado: cuando se les abren los ojos a los reyes contendientes, ya el conflicto se halla en su punto límite. La carnicería mayor se produjo el 24 de agosto de 1572, día de san Bartolomé, y las masacres, que se extendieron por todo el reino de Francia, duraron hasta otoño del mismo año. Ocho guerras de religión se encadenan entre 1562 y 1598. En total se registraron unos cuarenta mil muertos protestantes y el doble de exiliados. En España, el muy católico y austero Felipe II quiso expresar su júbilo con un Te Deum , al tiempo que el Papa bendecía en Roma a los persecutores. Después de este período trágico, el jefe del partido protestante se convierte al catolicismo y pronuncia aquella célebre frase: «París bien vale una misa». Todo lo anterior, y mucho más, se le hubieran ahorrado los priscilianistas, los cátaros y los calvinistas si hubieran aceptado las coacciones de Roma. Y avispado sería Zapatero de someterse a esas fuerzas más que divinas. A menos; a menos que se haya dado cuenta de que el Vaticano es ahora una multinacional, y que metido en el neoliberalismo, ha de vérselas con unas empresas no menos potentes que él. Hace unos tres años Lionel Jospin, primer ministro francés a la sazón, confesó que el Estado tiene un margen muy escaso de maniobra en el terreno político y social, mas sí en el de las costumbres y de la moral. Es lo que iremos ganando, porque los anteriores ni eso concedían. No ignora Zapatero, él, que es un buen neoliberal, que puede ir contentado a la gente con medidas que en nada molestan al gran capital: aborto, uniones libres, regulación de los sin papeles. Sobre todo éstos. Hay que regularizarlos porque los necesitan las empresas: que se reproduzcan y les proporcionen mano de obra joven, en un país cuya tasa de natalidad es la penúltima de Europa, antes de Italia.