ESTA PRIMAVERA se celebrará un referéndum que plantea una cuestión inconstitucional. Básicamente, lo que se pretenderá con ese referéndum es restarle a España una parte de su soberanía. Ha sido elaborado de manera poco democrática, sin consultar con la sociedad, que no lo conoce apenas, y sin un acuerdo total entre las fuerzas políticas. Hablo, naturalmente, del referéndum de la Constitución europea. Al mismo tiempo también se anuncia en el horizonte otro referéndum, el que promueve el lendakari Ibarretxe. También esta otra consulta plantea una cuestión inconstitucional y una merma de la soberanía de España como Estado. Pero, esperablemente, mientras que la primera de las consultas suscita una casi completa indiferencia, es la segunda la que desata pasiones (bajas pasiones, como lo son todas las pasiones cuando se exageran). Y eso que, irónicamente, es mucha más la soberanía que España cede en la primera de las consultas que en la segunda. Por supuesto, la gente no conoce mejor el Plan Ibarretxe que el Plan Giscard. Les basta saber que ha sido completado por una persona previamente demonizada hasta la caricatura. Es, simple y llanamente, un prejuicio. Los argumentos son un puro adorno, hasta el punto de que hasta los que tendrían buenas razones para estar en contra de ese plan no están en contra por esas buenas razones sino más bien porque sí. Están en contra porque todo el mudo está en contra sin darse cuenta de que en una democracia la unanimidad es siempre sospechosa. Alguien tiene que estar a favor si ha obtenido una mayoría parlamentaria en el País Vasco, pero de esos no sabemos nada. Me he leído el Plan Ibarretxe y no me gusta. Es inconcreto, confuso y, en ese sentido, innecesario. No establece un marco definitivo para las relaciones entre el País Vasco y España, que es lo menos que cabría esperar de tanto ruido. Es ilegal, pero como lo era la Revolución Francesa hasta un minuto antes de triunfar, y las consecuencias prácticas para los ciudadanos son considerablemente menores que las del Plan Giscard. Esto, claro está, a menos que prosiga esta escalada de crispación, de confrontación irracional, en definitiva; de mala leche. Independientemente del contenido del plan, ese es el verdadero peligro de todo este asunto. Es la mala leche la que debería ser inconstitucional. Quizás habría que hacer mejor un referéndum sobre eso.