01 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

EL AÑO vencido nos deja un buen montón de cuestiones sin resolver. Por empezar con lo inmediato, la tragedia en el Sureste asiático que ha aportado una palabra nueva -tsunami- para clamar por la solidaridad. Habría que unirla a la estela del dolor, fijado en nuestra historia colectiva un 11-M. En las primeras hojas del calendario mundial, Irak se enfrentará -el término traiciona- con unas anómalas elecciones. El presidente Bush seguirá teniendo que abordar el problema palestino y la comunidad internacional cómo se mejora la convivencia pacífica, de manera que no se aceleren los choques, sean de civilizaciones, culturas, o de cualquier otro género. Por reducirnos a España, el año que comienza va a ser el marco temporal de una dinámica que afecta a su misma estructura constitucional. Aspiraciones latentes durante años se han activado de una manera que sólo parecen parables por la fuerza democrática de una votación en el Congreso de Diputados de los dos mayores partidos políticos en él representados. Es un último recurso, pero no el más satisfactorio. En el aire, y para otro momento, queda en suspenso indagar por qué se ha llegado a esta situación límite y, una vez llegado, cómo puede manejarse. La voluntad constituyente, sobre la que se levantó la Constitución y que le proporciona fundamento, no está tampoco libre de incertidumbres. Parece como si, en algunos casos, quisiese olvidarse de lo que manifestó con claridad. Como si no sirviese ya de elemento auténtico de interpretación, ante una realidad que se estimase incompatible con aquélla. Terreno resbaladizo que, para resolver una cuestión por promesas electorales, pone en riesgo el conjunto del entramado constitucional. Lo dicho vale para el matrimonio -como acaba de recordar el Consejo de Estado- y para el alambicado artículo 2 de la Constitución, máxima expresión del consenso constituyente. Por lo que atañe a Galicia, las elecciones del 2005 se plantean en un ambiente muy distinto a las del 2001. Nos encontramos probablemente ante un fin de ciclo, en un escenario europeo y español que no favorecen a este finisterre . Los retos de un futuro diferente requieren de una renovada reflexión. Quizá nos encontramos ante una de esas encrucijadas que obligan a elegir. No basta con continuar. El panorama partidario no ofrece una imagen de estabilidad. No se vislumbra un entendimiento fácil: una mayoría absoluta incierta, frente a una coalición de equilibrio dudoso. Con ese planteamiento no es fácil buscar puntos de encuentro, converger en objetivos comunes desde la perspectiva del interés general. Andan los partidos encelados electoralmente con el mantenimiento del poder o con su conquista, en un cierto instinto endogámico. La nueva situación requeriría abrirse a la sociedad para aumentar la confianza de la que se alimentan. Y que la sociedad civil se implique más en los circuitos de la vida pública, sin necesidad de convertirse en militancia. Demasiadas brechas. Se necesitan puentes, trátese de personas o de estructuras, para salvar las actuales incomunicaciones y aislamientos. Pilares, no muros, para un fluido tránsito de los amigos de la libertad y de la independencia.