Todos tendrán que moverse

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

HOY me encuentro en el Parlamento vasco, para comentar en Radio Euskadi la votación del Plan Ibarretxe. También fui a Vitoria el día de su presentación, cuando tuve la oportunidad de adelantar unas impresiones que en modo alguno he cambiado. Y por eso lamento que el tiempo transcurrido desde entonces, agitado y dramático en todo el mundo, apenas haya servido para modificar las posiciones de unos partidos que han convertido a Euskadi en el reino del bizantinismo político. El lendakari tiene razón cuando dice que su plan se basa en una iniciativa democrática que no puede quedar varada en puras presunciones de anticonstitucionalidad. Pero se equivoca, en cambio, cuando cree que toda iniciativa legal o política tiene que ser acogida positivamente, aunque sólo sea para contradecirla, como si la oposición tuviese la obligación de devolver todas las pelotas. El PP y el PSOE también tienen su razón cuando dicen que, si el Plan Ibarretxe no les interesa ni les motiva, por estar fuera de sus coordenadas políticas, les asiste un derecho radical a rechazarlo. Pero se equivocan en cambio cuando discuten la legitimidad del PNV para redactar su plan, llevarlo al Parlamento y trazar una estrategia de tramitación que estaba destinada a romper el cerco político puesto por el aznarismo, a hacer saltar las contradicciones entre el PP y el PSOE y a hacer méritos políticos -¿por qué no?- ante el electorado. Y tampoco le falta razón a Rodríguez Zapatero cuando dice que no tiene sentido establecer una dialéctica de confrontación entre el centro y las periferias, como si la corte madrileña tuviese el monopolio de la razón de Estado, y como si la única finalidad de los dirigentes autonómicos fuese el desguace irresponsable del Estado. Pero el presidente también se equivoca si cree que el caballo de la reforma constitucional no tiene más bridas que las que llegan a la Moncloa, y que puede espolear o frenar a capricho todos los temas que entran en pista de la mano de Maragall. Con estos antecedentes resulta difícil considerar como algo normal que el Plan Ibarretxe siga inexorablemente vinculado a su pecado original, al carecer de los consensos que lo hagan viable en Vitoria o en Madrid. Pero no por eso debemos olvidar que los responsables del bizantinismo político vasco son los tres grandes partidos (PP, PSOE y PNV), que, incapaces de dialogar lealmente, sin aprovechar -cada cual a su modo- la dramática herida del terrorismo, siguen embistiéndose mutuamente con una ceguera obstinada e irresponsable. Pero yo sigo creyendo que el debate del Plan Ibarretxe es mucho más inoportuno que dramático. Un camino sin salida que hay que desandar cuanto antes.