Sobre el resentimiento

| MANUEL FERNÁNDEZ BLANCO |

OPINIÓN

29 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EL RESENTIMIENTO es uno de los vínculos más fuertes porque nace de aquello que se esperaba y no se obtuvo. El resentimiento no resulta otra cosa que un amarre al otro tan intenso como eterno. El resentido se cuece en su propio jugo, en el jugo de una herida que no cicatriza jamás. El resentido vive de un daño que se alimenta de sí mismo. ¿El resentimiento es el odio? No, es vecino del odio porque ambas son maneras de permanecer atados al otro. Pero el odio, apuntando a lo más real que hay en el otro, pretendería destruirlo, mientras que en el seno del resentido habita el respeto por el otro del que dice resentir-se . Debajo del resentimiento hay un amor decepcionado, o, mejor, despechado. En realidad el resentido lo sabe y, por eso, si el odio puede llevar a la muerte del otro, el resentimiento es propio de los sujetos que esperan ver pasar el cadáver de su enemigo¿ que un día amaron. No es esta la única diferencia: si ambos, el resentimiento y el odio, son pobres de sí, el resentimiento no es otra cosa que la manera que tiene el sujeto para intentar rechazar al otro sin lograrlo, pues el resentido es un sujeto invadido por el otro, interferido por el otro, pues, lo quiera saber o no, ese otro para el sujeto es único en tanto es amo¿ y, él, esclavo. Esto es lo que origina la posición de impotencia del resentido: su inanidad en la acción, y la eternidad de su rumiación. Lo obvio, pero no evidente, es que no hay resentimiento frente a lo oscuro, lo pobre, lo enfermo, sino hacia la luz, el triunfo, el éxito, la victoria: en resumen, hacia la vida. Y que no nos obliguen a decir quiénes han sido los grandes resentidos frente a la vida: consúltese La genealogía de la moral de Nietzsche y allí podrá leerse: «El hombre del resentimiento no es ni franco, ni ingenuo, ni honesto y derecho consigo mismo. Su alma mira de reojo; su espíritu ama los escondrijos, los caminos tortuosos y las puertas falsas, todo lo encubierto le atrae como su mundo, su seguridad, su alivio; entiende de callar, de no olvidar, de aguardar, de empequeñecerse y humillarse transitoriamente». Por eso, cuando el resentido quiere mirar al otro, está obligado a levantar la vista porque el otro está más alto en lo que al ser se refiere -que en el tener su enemigo pueda estar más bajo, eso, simplemente, no cuenta ni pesa en su balanza, tal y como lo demuestra Gregorio Marañón en su ensayo Tiberio. Historia de un resentimiento . El «no olvidar», presente en la cita de Nietzsche, pone el acento sobre lo que nos parece ser la clave de bóveda del resentido, ese que ni olvida ni perdona, y es que el resentido es el mejor de los memoriones y el peor de los benevolentes, o sea, de aquéllos que pueden consentir y querer el bien del otro. Si el resentido se cuece en su propio jugo, o sea, goza de ello, sólo hay una manera de dejar seca su marmita: evacuar ese goce, esa satisfacción, porque a fin de cuentas, todo lo que importa de un daño es lo que queda. J. Lacan lo decía mejor: «De una herida, lo que importa es la cicatriz». Querido resentido: ¡Más sentir y menos re-sentir-se !