Don Quijote en funciones

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

PILAR CANICOBA

29 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

ALGUNOS despedirán el año con Zapatero puesto en la piel de don Quijote, entretenimiento que viene a ser lo mismo que colocar una voluntariosa interpretación de la leyenda y el símbolo cervantinos en la piel de Zapatero. El significado de semejante maquinación es la yuxtaposición de dos grandes desconocidos. La personalidad y el carácter de don Quijote llevan cuatrocientos años en cuestión, pero también llevamos cuatrocientos años dándole vueltas a contenidos mucho más reales de nuestro proceso histórico. Así que no es tan raro que Zapatero se nos aparezca como el gran desconocido de nuestros días. Fue un diputado desconocido y es un presidente incógnito; está tan sembrado de interrogantes como don Quijote aureolado por ellas. Y esa es una diferencia que tiende a algo tan espectacular, ambiguo y dúplice como suele ser la simetría. Don Quijote es un contemplativo marginal y un activista del sarcasmo, la sátira y la parodia, estimulado por su entrega a la alucinación. De él se dice que perdió la sesera en los legajos de la caballería. Es un insensato de la epopeya, pero el ejemplar más juicioso -y también el más amargo- de la lírica. Frente a la alucinación es un pragmático. A ningún político le gusta la realidad, mientras que a don Quijote le da igual. La realidad no es para don Quijote un punto de partida ni de llegada, sino una cosa de la que prefiere mantenerse al margen. Don Quijote siempre actúa en su ficción. Al marcar esa distancia, Cervantes propone, a mi juicio, una antropología sardónica en la tierra de nadie suspendida entre la Civilización y la Cultura, un territorio individualista con ninguna inclinación al pacto. Cervantes era y es mucho Cervantes. Su ingenioso personaje sabía que la alucinación podía tener tanto que ver con la realidad como lo tuviera el discurso, narración o relato que provocara. De ese modo, la alucinación viene a ser lo de menos, y la realidad, también. Lo que importa es la palabra con la que crear o recrear aquello a lo que habrá de atenerse uno para creer o no creer. La propuesta es tan moderna como la conciencia de que la teoría de la relatividad es una sistemática de las perspectivas, una metodología de los puntos de vista. Y ese es, o viene a ser, el realismo en las sociedades fragmentarias como la nuestra, en las que la realidad, desde el punto de vista político, es un prêt-á-porter entre el mercadillo de O Grove y la pasarela Cibeles o el salón Gaudí. En el escenario de la sátira, la comedía, la novela pastoril y los disimulos del amor que es el del ingenioso hidalgo, las cosas son como quiera que sean quien las padezca. Y ahí sí que entra en escena un político tan contemporáneo como Zapatero, cuyo talante (bueno o malo, en absoluto quijotesco) no es el de sublimar opiniones en creencias, sino el de acumular estados de opinión y traducirlos en consensos que faciliten las mayorías parlamentarias imprescindibles para hacer política. No es don Quijote, sino todo un Sancho Panza, es decir, un auténtico maestro en gramática parda.