CREÍAN LOS antiguos celtas que los años se iban por el Oeste, sobre el océano, camino de la morada de los muertos (caía, más o menos, donde ahora caen los Estados Unidos, dicho sea sin ninguna mala intención). Como muchas creencias supersticiosas, esto era en realidad resultado de la observación: los días llegan, efectivamente, por el Este y se van por el Oeste; era lógico pensar que este itinerario era también el de los años. Una historia cuenta como Ossian, el héroe gaélico, montó a caballo de un año que se iba. La historia era esta: Ossian, que era bardo (no tanto un poeta, como siempre se dice, sino un periodista), debía completar un poema sobre el año antes de que éste terminase, y no le llegaba el tiempo. Vio el año pasar sobre su cabeza y entonces se subió a él. Así, mientras para él no pasaba el tiempo, pudo terminar el poema. La historia está en Macpherson, que quizás se la inventó (y yo la he visto en Cunqueiro, que puede también que se la inventase). Pero me he distraído, y yo también tengo que acabar este último artículo del año que se termina. También a mí me falta el tiempo. Sólo puedo decirles lo que ya saben: que el año termina envuelto en nieve y tragedia. Todos los años son como mareas que traen algo y se llevan algo. Éste ha adoptado justamente la forma de una ola gigante para llevarse consigo a decenas de miles de personas en el Índico. También se ha llevado aquí a mi amigo José Antonio, con quien solía hablar los martes junto a otros amigos, cuando me cuadraba estar en Lugo. Se fue el lunes, casi con el año, que nos ha hurtado así una última conversación. Sea. En otro lugar del mundo les ha nacido una niña a unos amigos. Ella también llega a caballo de este año que entra por el Este. Si algún día logramos comprender la relación sutil que existe entre las malas noticias y las buenas el periodismo quedará en manos de los filósofos. Por ahora, no es así. He vuelto a divagar. Vuelvo al comentario de este año, como decía, terminado en nieve y tragedia. Uno tiene la sensación de que todos los años es así: incendios, terremotos, diluvios que se apresuran a arrasar el mundo antes de que el año termine, como Ossian su poema. Quizá sea casualidad. O quizá sea, precisamente, porque cada año es como un ser humano, que lleva dentro de sí un fragmento del apocalipsis y cada año que se termina es como un mundo que se termina, o como una vida que se termina.