EN EL FRANQUISMO, la política exterior española se caracterizó por ser demasiado interior, por pura desu-bicación histórica. Treinta años después, la situación parece la contraria: nuestra política exterior empieza a ser demasiado exterior, incluso exterior a los intereses españoles. Es como si estuviésemos actuando conforme a principios preferentemente ideológicos y no de acuerdo con un marco de intereses generales, en el que deben tener cabida también los coyunturales e incluso los oportunistas. En este sentido, está claro que sería de desear un acuerdo sobre política exterior entre el PSOE y el PP. No es normal que a comienzos del 2004 la Administración Bush nos trate como a grandes amigos y a finales del mismo año nos tenga como los más «implacables» antiamericanistas de Europa ( The Wall Street Journal ). Algo falla cuando esto ocurre, cuando semejantes vaivenes son posibles. El papel que le corresponde a España no es el primero ni el segundo, ni ser los más americanistas ni los más antiamericanos. Ni Francia, ni Alemania, ni Italia, ni Portugal viven semejante ajetreo. Y la cuestión no es baladí. Porque nuestra mala relación actual con EE.?UU. contamina el resto de nuestras relaciones internacionales y las vuelve ocasionalmente estériles. Pongamos el caso de Oriente Próximo. Es indudable que España podría desarrollar un importantísimo papel de mediación en el proceso de paz entre judíos y palestinos, y Moratinos lo sabe mejor que nadie por su larga experiencia en el conflicto. Pero EE.?UU. no le dará a España una oportunidad mediadora, ni le permitirá liderar una iniciativa seria. Simplemente porque, tras la retirada española de Irak, Bush le ha retirado su confianza al Gobierno español, al que cree fruto de una claudicación ante el terrorismo islamista. Se pueden contar las cosas de otro modo, pero así es como están. La diplomacia española tiene claramente identificados sus espacios de interés preferente: la Unión Europa, Iberoamérica, norte de África y Estados Unidos. El problema es que todos ellos están interrelacionados. Por eso es tan necesario ajustar el conjunto de la política exterior a nuestros intereses, de un modo estable y duradero.