DE VERDAD, siento mucho que en este tiempo festivo, que se supone inspirado por el mensaje de «Paz a los hombres de buena voluntad», cuando celebramos la fiesta del amor de Dios a la humanidad; cuando niños y mayores se alegran con destellos de ilusión; cuando se abre en nosotros el recuerdo nostálgico de tiempos pasados con seres queridos, entonces se encienden las luces, suenan los villancicos¿ y se inicia el afán consumista desaforado, como medio de ocultar la realidad que nos llega diariamente a través de las noticias implacables. La verdad, siento mucho presentar esta reflexión, un poco pesimista del panorama mundial. Pero eso es lo que veo desde mi ventana de observación estratégica y sociológica de lo que sucede en el mundo. Las noticias que llegan de Palestina, de Irak, de Sudán o del Congo no sólo no son buenas sino que anuncian lo peor. Pero ¿qué estamos haciendo? Cuando palestinos e iraquíes tienen una oportunidad para conseguir la paz y la estabilidad, con la reconstrucción de la vida ciudadana, aparecen diversos grupos que se empeñan en continuar con la destrucción y la muerte. Y yo me pregunto: ¿es que no hay en la tierra fuerza suficiente como para decir basta ya?, ¿para qué están las Naciones Unidas? Cuando en tierras africanas, cientos de miles de seres humanos huyen de sus casas para acogerse a la protección de los campos de refugiados y vivir pendientes de la ayuda humanitaria internacional; cuando el hambre real afecta a más de 800 millones de personas; cuando la mitad de los niños del mundo, desde que nacen, se ven afectados por los males sociales de la miseria, la ignorancia y la enfermedad; cuando todavía existe la esclavitud por la que seres humanos se compran y se venden como si fuesen animales¿ ¿Qué es lo que podemos celebrar, mientras derrochamos, mirando para otro lado? Únicamente deberíamos celebrar algo tan maravilloso como es el ejemplo del nacimiento del Hijo de Dios Todopoderoso que vino a la tierra, naciendo en una cuadra, rodeado de animales. Esta es mi reflexión navideña.