Oro, incienso y frío

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

25 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

SAN MARTÍN Pinario es uno de los conjuntos arquitectónicos más grandes de España. Desde la invención de Compostela, pasó diez siglos metamorfoseándose, cambiando de faz y de volumen. Es fábrica de fábricas. El acceso a la iglesia se desenvuelve como en una proyección cónica, en una secuencia de tres retablos pétreos y lígneos. Tras la fachada de Mateo López, compuesta de forma precisa y subrayada por la escenográfica escalera barroca, se despliega, en la alineación del transepto, el maravilloso triple retablo de Fernando de Casas, arquitecto de la fachada del Obradoiro de la catedral. En último plano, en la penumbra, aparece la sillería de coro que talló Mateo de Prado. Forman los tres elementos un cono imaginario, orientado a la inversa, que se ilumina desde el trasdós cuando el sol poniente entra y, a medida que gira por las linternas del ábside, va encendiendo los espacios transparentes y proyecta sombras chinescas sobre el pavimento. A este rico juego de construcción y decoración le da la réplica un cuarto lienzo, el más osado, que va por Valdediós como una «proa que avanza valiente lamiendo los umbrales de la iglesia franciscana», en acertadas palabras de Barreiro Fernández. Lienzo que, junto con el paramento de las Benedictinas de la Quintana, se convierte quizá en la aventura arquitectónica más audaz de Galicia. En la plenitud del Barroco transcurrió la vida de Juan Sebastián Bach, el gran arquitecto de la música. Por su estética sublime, su dominio de la construcción y su capacidad de trabajo, más que por su inspiración divina, como se venía manteniendo hasta ahora, fue capaz de poner en orden y estructurar el arte de la composición. Bach es el padre irrefutable de la concepción moderna de la música, igual que después de él otro alemán, Kant, será el padre de la filosofía moderna. El tópico de «marco incomparable» parece hecho a medida para San Martín Pinario. Entre los panes de oro y los efluvios de siglos de incienso que exhala el interior de la inconmensurable basílica escuchamos la cantata sexta para la fiesta de la Epifanía. El Evangelista -un sobresaliente Mark Padmore, huésped habitual de los ciclos de lied que organiza la Asociación Teresa Berganza- narra la ofrenda de oro, incienso y mirra. En lugar de este bálsamo, encontramos el mismo frío glacial que hace ya años logró persuadirnos de que donde mejor se escucha la música es en un auditorio bien acondicionado. Herreweghe es uno de los más cualificados representantes de esa nueva escuela interpretativa de Leonhardt, Jacobs, Koopman, que con suavidad angélica parecen haber sucedido a la de Rilling, que a su vez sucedió a la de Richter. No comparto de todo el dogma de los instrumentos originales, de cálido sonido pero de difícil afinación, porque lo difícil es, sobre todo con dedos ateridos, mantener la tonalidad de los metales fríos y las cuerdas rígidas. Incluso las voces humanas se apagan en la gélida atmósfera. De todas formas, el Collegium Vocale de Gante y los solistas, gracias a Caja Madrid y al Xacobeo, consiguieron transmitirnos el espíritu de una música capaz de hacer participar a un público emocionado del hálito divino que subyace en la humanidad.