LOS CONGRESOS del PP de Ourense y Lugo se hicieron mirando por el espejo retrovisor. La Xunta, con su parafernalia de altos cargos, asesores y rémoras, está en plena etapa fraguista, y a ella acomoda sus programas, discursos y protocolos. Pero el Partido Popular, cuyo dinamismo le impide despreciar la variable tiempo, actúa ya en el posfraguismo, y por eso hace sus congresos y operaciones pensando en el día después. A José Manuel Barreiro, que sigue siendo la clave sucesoria para un posfraguismo caótico, se le escapó la frase que marca la diferencia entre los congresos de este fin de semana y todos los anteriores: «Presidente Fraga, perda vostede medo, que Lugo vaille responder». Porque hasta ahora Fraga era un hombre intrépido por naturaleza, que no temía a nada ni a nadie, y que se bastaba él solito para arrastrar a todo el partido hasta la victoria final. Ahora es el partido -lo dijo Barreiro «el bueno»- el que tiene que cargar con el difícil cartel electoral que les impuso don Manuel, y el que tiene que acelerar, camino de las elecciones, mientras vigila la escena política por el espejo retrovisor. En términos electorales el PP de Galicia no tiene más remedio que trabajar para Fraga, dando por bueno el horizonte de birretes abierto por el nombramiento de Alberto Núñez como vicepresidente primero del Gobierno. Pero en el terreno partidario se está librando una feroz lucha entre boinas y birretes, que compromete todo lo que se está haciendo, y que bien pudiera reponer a José Cuiña al frente del aparato popular. De momento ya han conseguido atar de pies y manos a Palmou, devaluar el sentido político de las vicepresidencias, y dar por sentado que la sucesión no está resuelta. Y, en un alarde de cinismo poco frecuente, los mismos que pasaron diez años tratando de obtener una sucesión a dedo en la persona de Cuiña -«lo que diga don Manuel» era su frase-, reclaman ahora una sucesión acordada en un congreso abierto y democrático, y a buen resguardo de las interferencias madrileñas. Fraga necesita a los de la boina para ganar las elecciones, y por eso los encumbra a posiciones clave dentro del entramado político popular. Los del birrete necesitan que Fraga gane las elecciones para marcar distancias con los de la boina, y por eso tienen que achantarse cada vez que Baltar y Cuiña se les suben a las barbas. Y así caminan, a grandes zancadas, hacia un desastre que se anuncia con forma de dilema: malo si ganan las elecciones, porque se abre la lucha por el poder posfraguista en un escenario imposible para los sucesores nominales; y malo si las pierden porque se irán a la oposición profundamente divididos y con intenciones cainitas.