ME HA RESULTADO imposible sustraerme al dolor de Pilar Manjón durante su emocionada lectura del comunicado de la Asociación de Víctimas del 11 de Marzo. Cada lágrima contenida, cada suspiro ahogado, cada pausa para tomar aire y no dejarse llevar por el dolor de su pérdida, de la de los cientos de personas que añoran la presencia de alguien querido, era un aldabonazo de crítica a cada uno de los representantes parlamentarios que, durante más de un hora escucharon, en un silencio inaudito, las palabras que salían de sus labios. Pero, más allá de las verdades como puños que fue lanzando, se encontraba la desolación de quienes se han sentido abandonados por aquéllos que deberían de haberlos protegido, arropado, ayudado, consolado y escuchado. La Asociación no ha dudado en denunciar la inexplicable ausencia institucional en los primeros momentos y agradecer la solidaridad de los ciudadanos de a pie, los mismos que salen a la calle cada vez que los que nos gobiernan cometen un error. Demoledora la acusación a los políticos de aprovecharse de su dolor, de perder el tiempo en debates para justificar lo injustificable y tratar de obviar lo que es tan evidente para todos los ciudadanos: que los atentados pudieron llevarse a cabo gracias al deficiente análisis de los datos disponibles y la poca iniciativa para seguir pistas por la ausencia de precedentes. Exigen lo que se merecen: la asunción de responsabilidades y dimisiones, verdad, justicia y reparación moral. Y todo ello porque, sobre los discursos grandilocuentes y las declaraciones maratonianas, están las letras de las lápidas bajo cuyo peso descansan los cuerpos mutilados de las víctimas, y los números de las habitaciones de los hospitales que ocupan los heridos que todavía no se han curado.