La niebla

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

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16 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

CONDUCIR en el alambre de la nada. Cae el velo de novia de la niebla y no se ve nada claro. Ir con el coche por la autopista es como meter un cuchillo en un paquete de mantequilla. Extremas la prudencia y ves a locos que te pasan a toda velocidad como si la visibilidad fuese perfecta. Hay gente que se quiere muy poco o, tal vez, sean asesinos en potencia. David Cal, el medallista olímpico, te comenta que todo el mundo le pregunta cuántas horas se entrena. Te fijas en sus brazos, que parecen dos remos. Tiene la espalda de un armario de matrimonio. La gente le pregunta por las horas de entrenamiento porque el esfuerzo es lo que más asombra a los humanos. Siempre sentimos envidia del tajo ajeno. Llegas a la ciudad y las luces de navidad están apagadas. Es un alivio que tanta alegría artificial esté desconectada. Cuando estabas en medio de la niebla, pensaste que podías haber viajado en el túnel del tiempo, hacia atrás, a una Galicia de Irmandiños que sueñan en voz alta; o hacia delante, a una Galicia del futuro, próspera, en la que no habría doce mil gallegos trabajando en Fuerteventura. La niebla desaparece como apareció, por ensalmo de meigas, y estás en el cutre presente, que es lo único cierto que tenemos. cesar.casal@lavoz.es