La comisión de los mil

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

¿QUÉ HUBIERA SIDO de la lucha contra el terrorismo nacionalista vasco de haberse constituido una comisión, pongamos, cuando ETA llevaba ya doscientos asesinados? ¿Cuánto tiempo hubiera durado el terrorismo nacionalista vasco de haber podido escuchar a sus primeras víctimas interpelar en el Congreso de los Diputados a los políticos «de corazón de hielo» (Maite Pagazaurtundua)? ¿Cómo hubiera percibido la opinión pública vasca a las víctimas del terrorismo nacionalista vasco de haber sido aplaudidas sus portavoces, como lo han sido emocionante Manjón y contundente Alcaraz? No son preguntas retóricas, porque a estas alturas, y por repugnante que resulte, hay nacionalistas vascos dispuestos a encontrar razones políticas en los terroristas de ETA que se organizan para matar, en serie o en masa, y a no conceder ninguna razón política a las víctimas que éstos provocan. Hay nacionalistas vascos que hacen que se deslumbran ante Manjón, pero no aplauden a Alcaraz, como Emilio Olabarria -PNV-, sin ir más lejos. Hay nacionalistas vascos que reclaman transparencia y reconocimiento a las víctimas del 11-M, pero dan ayuda económica, y apoyo político, y apoyo humano a los asesinos de ETA, a sus familiares y a su brazo político. ¿Cómo hubieran contestado Ardanza o Carlos Garaikoetxea cuando, siendo lendakaris, sostenían que de ETA les separaban los medios, pero no los fines? ¿Qué hubiera dicho, pongamos por caso, el obispo José María Setién ante las víctimas creyentes que le hubieran interpelado por su frialdad con ellas? ¿Qué hubieran dicho aquellos jefes de la Ertzaintza que aconsejaban a los amenazados que la mejor protección consistía en estar callado? ¿Diría Balza -consejero de Interior del Gobierno vasco- que HB no tiene nada que ver con ETA? ¿Cómo explicaría Ibarretxe que su partido firmó un acuerdo con ETA para echar de la vida pública vasca, de las instituciones, a los socialistas y a los populares?. Las preguntas, como las que ha hecho una vibrante Pilar Manjón, hubieran sido muchas y sin duda hubieran permitido poner a las víctimas del terrorismo nacionalista vasco en el centro del debate político, en el centro del cariño de los españoles, como hemos reclamado unos pocos desde hace muchos años no siempre con éxito. Unas intervenciones como las de esta semana en el Congreso, producidas en 1980, cuando ETA asesinó a 91 personas, hubieran permitido un cambio en la percepción del terrorismo por parte de mucha gente. Maite Pagazaurtundua, sin hermano; Ana Iribar, sin marido; Cristina Cuesta, sin padre; Mari Mar Blanco, sin hermano; cientos de mujeres-coraje, como Manjón, hermanas, viudas, huérfanas, etcétera, hubieran podido agarrar por las conciencias a los políticos que la tengan y hubieran permitido que la opinión pública supiera de ellas un minuto después del fugaz e indeseable protagonismo del asesinato. La comisión del 11-M ha adquirido otro sentido cuando han hablado los protagonistas, aquéllos sin cuyo dolor no existiría la comisión. La No Comisión de las Mil Víctimas de ETA hubiera adquirido, de haberse planteado en el Congreso en su día, una fuerza semejante. Mientras tanto, en el Parlamento vasco el PNV, EA e Izquierda Unida están dispuestos a seguir enviando dinero a los familiares de los terroristas, mientras lo niegan a algunas asociaciones que luchan contra el terrorismo.