LOS GALLEGOS ya ni lloramos ni emigramos. Afortunadamente, aprendimos a exigir lo que en justicia nos corresponde: el legítimo derecho a que se nos permita acceder a la Europa de la tecnología y del conocimiento, de las autopistas y las autovías, de las grandes infraestructuras portuarias y aeroportuarias, de la industria y del pensamiento propio; en definitiva, a la Europa del siglo XXI. Viene esto a cuento por lo que está ocurriendo con el Plan Galicia, aquel instrumento que otro Gobierno distinto al actual ideó y diseñó para intentar compensarnos tras el desgraciado accidente del petrolero Prestige , ocurrido aquel frío, lluvioso y tormentoso 13 de noviembre de 2002. Un plan que se aprobó en el Consejo de Ministros celebrado en A Coruña y que acaparó, como ningún otro, la mayor de las atenciones mediáticas; un plan al que todos los organismos e instituciones se refieren y que, aparentemente, no es más que un montón de papeles que nos llevan a ninguna parte. En definitiva, un Plan en el que, entre otras cuestiones, se contempla la construcción del Puerto Exterior de Punta Langosteira, en el municipio coruñés de Arteixo: una infraestructura decisiva para que A Coruña -y Galicia- se enganche a esa Europa de primera a la que antes me refería. No obstante su importancia, los acontecimientos que se vienen sucediendo nos llenan de incertidumbre, ya que no percibimos la suficiente voluntad política de que, de una vez por todas, las obras den comienzo. Es por ello que ha llegado el momento para que todos aquellos que tenemos responsabilidades directivas -los políticos de bien, los empresarios, los sindicatos y los dirigentes sociales- hagamos frente común para lograr que se nos dé lo que entonces se nos prometió. Para que se cumplan aquellos compromisos contraídos para calmarnos, pero que nadie parece tener la intención de cumplir. Ya no nos valen disculpas. Llegó la hora de exigir lo que se nos prometió, que es menos -mucho menos- de lo que se merece un pueblo históricamente maltratado y que en silencio, siempre trabajando y a veces emigrando, ha contribuido decisivamente al desarrollo y al enriquecimiento de nuestro país. Al respecto, días pasados, La Voz de Galicia publicaba un magnífico artículo de su editor, Santiago Rey Fernández-Latorre, titulado «El último tren». Yo, como él y como la inmensa mayoría de los gallegos, tampoco quiero que perdamos la oportunidad de subirnos a ese último tren.