CREO QUE lo que menos me molesta de los ministros, sean de este u otro gobierno, es que se les llame excelentísimos. Ese tratamiento, que en realidad no se les daba ya nunca a los miembros del Gobierno (en este periódico, por ejemplo, los mencionamos docenas de veces cada día sin hacerlo), es cierto que tenía algo de arcaico y hasta de ridículo, con ese ridículo que acecha a casi todas las palabras que terminan en ísimo . Pero a fin de cuentas era indiferente, por lo que retirárselo ahora a los ministros, como anuncia el presidente Zapatero que va a hacer, resulta igualmente indiferente. Escribíamos aquí hace unos días hablando de otra cosa que, en ocasiones, reformar algo consiste únicamente en cambiarle el nombre. En otras, habría que añadir, consiste en quitarle el nombre sin más, o, en este caso de los tratamientos de los ministros, en quitarle el adjetivo. Porque no otra cosa es el tratamiento que un adjetivo cuya concordancia gramatical se establece por ley y que lo que busca, ingenuamente, es crear a su vez el mundo por medio de las palabras; un mundo ideal en el que todos los rectores sean magníficos, todos los obispos sean ilustres, los alcaldes excelentes, los presidentes de la Generalitat honorables y hasta la reina de Inglaterra graciosa ( gracious majesty ). Luego viene la realidad y descubre que algún presidente de la Generalitat ha tenido problemas con el fisco, algún prelado no ha estado a la altura de su ministerio, la reina de Inglaterra es más bien antipática y luego están Toques y demás. Por eso importa tan poco que a los ministros se les deje el tratamiento o se les apee. Estaría bien si se tratase de una cura de humildad. Pero para que fuese una cura de humildad tendríamos que ser nosotros quienes dejásemos de darles ese título a ellos (como ya digo que hacemos, de hecho) y no ellos quienes dejasen de utilizarlo voluntariamente. Si quieren que les dejen de llamar excelentísimos es porque quieren que se piense de ellos que son algo más, y no algo menos, que excelentísimos. Al hacerlo así renuncian, pues, a algo que no tenían ya, el tratamiento, a cambio de algo que todavía tienen que ganarse: nuestro respeto. En fin, que está bien, pero que no se nos olvide que lo que importa no es cómo nos dirijamos nosotros a los gobernantes, lo que importa es cómo se dirijan ellos a nosotros y para pedirnos u ofrecernos qué.