LA ÉTICA siempre está por encima de la norma, como una reserva de principios que puede obligarnos a contravenir, si preciso fuere, las leyes del Estado. Por eso hay una profunda contradicción en la expresión «código ético», ya que su misma formulación limita el deber moral al simple cumplimiento de una convención construida a la medida de los poderes dominantes. Cuando los códigos se corrompen, cosa que sucede con frecuencia, sólo la ética puede defendernos de su tiranía. Y por eso estamos obligados a guardar nuestros principios donde nadie, ni siquiera el Estado, pueda profanarlos. Frente a la práctica inmutabilidad de lo que se tiene por ético, que, a salvo de su expresión histórica, apenas ha cambiado desde Sócrates, el flujo contradictorio de los códigos -legales o morales- pone los pelos de punta. Y mucho se confunden los que piensan que Torquemada carecía de un código ético riguroso, o que los jueces que ordenaban la tortura eran ciudadanos indignos, o que Savonarola y Servet fueron quemados en nombre de principios más débiles y menos jaleados que los que maneja este Gobierno de dogma y monserga para refundar, a base de contradecirla, la sociedad occidental. Lo malo es que estas consideraciones, que afectan a los fundamentos ontológicos del ethos , ya no forman parte del pensamiento actual, y que, lejos de seguir luchando por la libertad que se gana desde la autonomía ética, nos hemos rendido con armas y bagajes a la comodidad de los códigos, donde toda moral es relativa, donde son otros los que piensan por nosotros, y donde no existe más responsabilidad que la de ser leales al entramado institucional y cultural en el que estamos socializados. Esa es -y no la falta de Dios- la crisis moral de nuestro mundo: que nos han expropiado el ethos y nos lo han sustituido por códigos, como si todos los conflictos humanos fuesen reductibles a pleitos, y como si la honradez de conducta fuese un juego de pruebas y triquiñuelas jurídicas. El último episodio de este desenfoque es el código del buen gobierno, que pone pauta oficial a las actitudes del poder, y que exime al hombre público del juicio autónomo de su conducta. El célebre Roldán, por ejemplo, cumplía todos los requisitos del nuevo código, y sólo falló cuando, instalado en la reputada ética socialista, decidió apretar el embrague moral y aislarse de su conciencia. En términos generales puede decirse que esta nueva codificación ética no pasa de ser un brindis al sol, pueril e inocentón. Pero detrás de esta manía de ponernos guías para todo, subyace una profunda desconfianza del hombre y una exorbitancia aberrante de la norma. Es la miseria ética de los tiempos modernos.