LA PALABRA no es tristeza: sería demasiado negativa. Creo que es nostalgia. Sí, nostalgia; melancolía: ése era el tono de la celebración del Día de la Constitución en el Congreso. Había un ambiente extraño, melancólico. Un ambiente que empeoraba la definición de crisis de Gramsci: «Cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer». La empeoraba, porque lo viejo está vigente, y lo nuevo nadie sabe exactamente qué es. Aparecieron gentes que la historia ha eclipsado, como Corcuera, y jóvenes ocupantes del poder. Hubo abrazos, sonrisas y palmadas en la espalda, pero sólo ocultaban los últimos chispazos de la relación entre partidos. Rajoy, por ejemplo, confesaba que sigue desconfiando del Gobierno. Los canapés no conseguían disimular la crispación ni la duda que nadie se atrevió a confesar: si ésta sería la última vez que se celebraba nuestra Ley de Leyes en su actual redacción. Manuel Marín hizo un discurso impecable. Hermoso, sin duda. Conciliador. Un discurso que todos firmaríamos. Pero, cuando definía a la Constitución como «nuestro punto de encuentro», era inevitable anotar que allí faltaban los nacionalistas; los que se reparten poder a la sombra de la Constitución, pero no la aceptan como norma. Hablaba también de consenso, y recordaba y elogiaba el de hace 26 años, pero allí estaban los mandos del PP, que no están dispuestos a renovar ese consenso a cualquier precio. Se contradecían las palabras y los hechos; los hechos y las intenciones, y eso producía una inmensa nostalgia de otros tiempos que, si no eran más felices, sí eran menos inciertos. Grandes conceptos, como el de «nación» o «comunidad nacional» se convertían en arma arrojadiza. Y encima, apareció ETA, que hizo coincidir sus bombas con la hora de la recepción y coló por debajo de las alfombras su esperada tarjeta de visita, para participar a su modo en la celebración y decir: «Os voy a amargar la fiesta». Esa es la crónica parcial de lo percibido en el Congreso. Una crónica que deja sobre la piel de este país una pregunta: si la Constitución del 78 es tan buena y tan útil, si cobija a tantos, si reúne tanto acuerdo, ¿por qué hay que cambiarla? ¿Por qué hay que cambiarla, sobre todo, si no resulta fácil recuperar aquel consenso? Manuel Marín, el hombre de referencia, dio una explicación en su discurso: «Amar a nuestra Constitución implica cuidarla y mejorarla». Pero todos sabemos que no se cuida cuando hay partidos que acuerdan no estar presentes. Se me dirá que han sido sólo nacionalistas. Pero la contradicción se culmina cuando se recuerda que la reforma se concibe pensando en ellos. Y eso, para muchos españoles, no es siquiera nostálgico. Es, sencillamente, injusto.