«Ciudadanear»

OPINIÓN

04 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

HACE UNOS días, el filósofo Jorge Novella nos convocó en Murcia para hablar de ciudad y ciudadanía. En mi intervención, en un ejercicio de lingüística generativa, me permití introducir el verbo ciudadanear que reúne, desde mi punto de vista, tres acepciones del ejercicio de la ciudadanía. Una subjetiva, no explícita, que viene a ser ese pálpito que en los momentos críticos funciona como un mecanismo automático que nos saca de las casas y nos induce a apiñarnos en plazas y calles, convirtiéndolas en receptáculos de nuestros sueños y sentimientos. De esta manera se palpa la protección otorgada por la cercanía del prójimo y se expresa el grito silencioso de repulsa, como después del 11-M, y el clamor de alegría cuando la ciudad alcanza el objetivo por el que se batió. Junto a estas ocasiones importantes, ciudadanear denota también el discurrir diario por los espacios urbanos como un flâneur posmoderno, epígono del de Baudelaire, más ensimismado, que se roza displicentemente con los demás. Hay que estar atento a las nuevas relaciones que se dan en nuestra sociedad, ya que el contacto entre las personas ha cambiado sensiblemente. Los encuentros multitudinarios e inopinados en la calle, en los centros de ocio y consumo o en los artilugios de comunicación crearon esa nueva forma de relacionarnos, más superficial pero más impositivamente democrática, que nos obliga a vernos aunque no nos guste. Se equivocan políticos, sociólogos y arquitectos cuando infravaloran el papel que desarrollan en las relaciones personales el centro comercial, el parque temático, el aeropuerto, la estación del tren,... esos espacios para los que Marc Augé acuñó la denominación de «no lugares». En ellos, el ciudadanear de la juventud es eléctrico, una sucesión sincopada de momentos de consumo y de ocio, y la noche se ha convertido en el lugar-tiempo de la gran convivencia. Con la vejez esa actividad va disminuyendo porque desaparecen las referencias de sus semejantes. De ahí la importancia de impulsar los ámbitos de aproximación generacional. La tercera acepción se deduce de la respuesta a una pregunta: ¿se limita el ciudadanear sólo a una cuestión de epidermis, que se excita en los instantes dramáticos o excelsos y se vuelve luego impermeable en la vida ordinaria? La cultura de masas promueve al mismo tiempo la individualidad y el gregarismo y ese movimiento pendular impide muchas veces apreciar y desarrollar la fraternidad y el entendimiento. La participación permite ir del individuo al colectivo y se convierte en la clave del encuentro de nuestras aspiraciones comunes, y por eso el ciudadanear de mayor relevancia se produce cuando se participa en los problemas urbanos, ya sea de forma activa o pasiva. En el mismo ciclo, Salvador Giner defendía que la condición ciudadana es la que permite hoy a los humanos hacer valer su humanidad. Una sociedad es sana si sus miembros promueven y gestionan valores y desarrollan líneas de cooperación entre las personas. Para ello es necesario tener una mirada puesta en la historia, para saber lo que hay que hacer o dejar de hacer en función de lo que ya hemos sido; vivir el presente con perspectiva para poder contextualizarlo y no andar flotando por sus márgenes; y tener otra mirada en el horizonte, basada en la disconformidad con aquella parte del presente que es preciso transformar a través de la idea y del proyecto.