CONFIESO que pasé ayer un mal día siguiendo la comparecencia de José María Aznar. He vivido todos los hechos históricos de la transición y de nuestra democracia, desde la dimisión de Carlos Arias hasta la intentona del 23-F, pasando por Carrillo y su peluca, el Sábado Santo rojo en que el PCE fue legalizado, la matanza de los laboralistas de Atocha, la dimisión de Adolfo Suárez después de las sucesivas crisis de sus gobiernos, el Consejo de Guerra a los golpistas, la victoria de Felipe del 28 de octubre, los GAL, los fondos reservados, la saga y fuga de Roldán, los atentados, los secuestros, los sobresaltos, la colza, Filesa, Juan Guerra, España en la OTAN, España en el euro, la mili obligatoria y el fin de la mili, los cara a cara que fueron y los que no quisieron que fueran, las hipotecas a un interés de dos dígitos y las hipotecas al tres por ciento, la inflación desbocada y la inflación políticamente correcta, el «sin acritú » de Felipe, el «váyase, señor González» y el «cuaderno azul» de Aznar... Ni en los peores momentos he visto, he escuchado, he «mascado» tanto rencor como el que rebosaba ayer hasta por los tejados del Congreso de los Diputados. Daba igual quien hablara, quien expusiera, quien alegara, quien contestara, quien preguntara... Allí no se trataba de esclarecer por qué ocurrió y cómo evitar que vuelva a ocurrir. Porque ayer -y me temo que todos los días de la comisión parlamentaria que supuestamente investiga lo ocurrido en España entre el 11 y el 14 de marzo pasados- eso importaba una higa. Lo de ayer no fue una comparecencia; ni los comportamientos fueron los que se corresponden con quienes quieren saber por qué ocurrió y cómo evitar que vuelva a ocurrir. Ayer lo importante era linchar a Aznar... Es verdad que al Aznar del 11-M y al del Prestige y al del Yak-42 ; pero también al Aznar de los ocho años de honradez y de éxitos económicos y de éxitos en la lucha contra el terrorismo y del euro y de muchas cosas que se hicieron bien, aunque la información sobre los tremendos atentados del 11-M se hiciera rematadamente mal. Ayer era el día del rencor, de las cuentas pendientes y el día en que quienes hemos vivido la apasionante historia de los últimos treinta años de este país sentimos que, como la generación del 98, nos duele España.