Demasiada ETA

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

EL ESFUERZO de trasladar el atril desde Georgetown al Parlamento español no ha valido la pena. No merecía el empeño tanta expectación, ni tanto debate, ni tanta tinta, ni tanta palabrería. Porque la prevista lección magistral se quedó en un mero discurso político. Al fin y a la postre, lo que ayer ocurrió en la comisión de investigación del 11-M estaba escrito desde tiempo atrás. Y tampoco era cuestión de cambiarlo a última hora. Tras la extenuante sesión parece como si nos quedase la sensación de que quien hubiera volado en Madrid los trenes cargados de humildes trabajadores fuera ETA. Porque hubo más referencias a esta banda que a los terroristas islamistas. La sombra de los etarras planeó siempre sobre la sala y protagonizó todas y cada una de las intervenciones. Sin excepción. Y en ese terreno es donde el anterior se encontró en su salsa. No tiene una tesis que ofrecer sobre la autoría etarra, pero tiene sospechas. Que es lo mismo que hablar por no estar callado. No bastó que lo descartaran todos y cada uno de los investigadores desde horas después del atentado. Ni que lo hiciese el responsable de la Europol. Ni los satélites de la banda asesina. ETA fue llevada ayer de nuevo al Congreso, por todos los grupos, para desvirtuar el fin último de la comisión: El de conocer las causas de la locura del 11-M con la pretensión de evitar posibles nuevas acciones. El de tratar de saber qué vamos a hacer ante la permanente amenaza. Por eso resulta descorazonador comprobar cómo siguen enrocados en salvar sus intereses personales y de partido. Tan desconcertante como que con esta comisión no se haya querido franquear la puerta que pudiera conducirnos a evitar nuevos horrores. Pero es tiempo perdido. Porque están todos ofuscados, obcecados y empecinados. Como si todo les importase un pito.