LO MALO del conflicto entre los obispos y el PSOE -¡no entre la Iglesia y el Estado!- es que ninguno de los dos tiene razón. Los obispos creen que la Iglesia católica está siendo atacada, y, conscientes de la enorme fuerza que tienen, aún esperan que acudamos a respaldar sus batallitas. Y el PSOE cree que la Iglesia nos quiere gobernar, como María Cristina, y por eso espera que los ciudadanos se avengan con un activo proceso de descristianización que, lejos de apuntar hacia una alternativa ética globalizada, sólo pretende debilitar el poder de los obispos. Pero la realidad es más sencilla que todo eso. Muchos católicos, sin dejar de serlo, consideramos equivocado y estéril el pulso que se mantiene por la asignatura de Religión. Y todos los días le reprochamos a nuestros obispos que, en vez de activar la función educadora de los padres y la modernización catequética de la Iglesia, prefieran entregar el futuro a educadores amarrados por un contrato basura, poco preparados y muy alejados de lo que debe ser el mensaje evangélico del siglo XXI. También somos muchos los católicos que no comprendemos el fracaso de la Iglesia en su gestión patrimonial y económica. Y consideramos un escándalo que sigan pegados al actual modelo de financiación, mientras entregan sus recursos a curas que, en vez de cuidar la salud de las almas, ocupan los puestos de otros profesionales mejor preparados para una gestión clara y eficiente. Tampoco nos parece acertada la política episcopal de marcar territorio, como si Europa fuese cristiana por naturaleza e historia. Y por eso pedimos que, en vez de imponer nuestros criterios morales y sociales a todo el universo ciudadano, sepamos distinguir los ámbitos eclesiástico y civil, para ser fieles cristianos en uno y ciudadanos comprometidos en el otro. Pero el PSOE también se equivoca de medio a medio si cree que nuestras críticas a su política familiar, cultural y social provienen del catecismo del padre Astete, o si entiende como pura injerencia lo que no pasa de ser una protesta cívica y democrática contra la improvisación, la ignorancia y la falta de criterio puestas al servicio de las minorías más reivindicativas y de una imagen mediática hecha de retales. Porque, si bien es cierto que las mayorías no son beligerantes, también es verdad que toman nota de las cosas que ponen en riesgo nuestro modelo de vida y la necesaria progresividad e interiorización de los cambios. Y, si Zapatero se empeña en empujar el péndulo social con todas sus fuerzas, no debía extrañarle que, cuando venga de regreso, le atice en los fuciños. Porque la democracia, como los relojes, funciona con péndulo. Pero lo mueve amodiño.