Inventario de vientos

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

26 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

NOSOTROS, los aventados, somos personas heridas por el viento, nuestra veleta interior nos va llevando y trayendo en arrebatos que certifican la calma y levantan el acta de la locura como frontera. Llevo muchos años catalogando vientos, me regalo historias que tienen a la brisa como protagonista, y hoy cuando la tropa que comanda Pablo Mosquera celebra su anual fiesta del viento, cuando en noviembre es San Andrés, recupero algunos de los vientos esenciales, como Turbón, uno de los seiscientos vientos que guardo en mis carpetas. Turbón, viento mayor, es sin duda el más importante. Carpintero de galernas y tronadas habita la mar océana y cabalga en crines de espuma a lomo de las olas. Es traicionero y cruel, tuerto por mor del arponazo de un ballenero; Turbón, el padre viento, se torna vengativo en las invernías. Es el que lleva hacia las playas los cuerpos de los ahogados, es viento que revienta el vientre de pailebotes y naves bergantinas. Cada invierno su zarpazo de muerte siembra de viudas el país de los gallegos y la Irlanda de San Barandán. Sonal, otro de los vientos que ocupa plaza de honor en mi inventario, es simpático y cordial. Más que viento es sólo brisa. Vive habitualmente en la tuba central de los órganos mayores. Hace años, después de la gran guerra, Sonal habitaba el órgano de la catedral de Lugo. Al verse descubierto por el chantre, Sonal, viento ilustrado, hizo gala de sus habilidades y cantó solista la misa mayor de Perosi para asombro del maestro organista. Su mayor placer consiste en transportar las notas, de balcón en balcón, cuando hay serenata, y si alguna vez a vuestra melancolía llega el eco de una música que trepa hasta vosotros, estad seguros de que es Sonal que ha regresado. Ya va para treinta años que no hay noticia cierta de su vuelta. En los años ochenta hubo una falsa alarma en la catedral de Coria. Hay un viento jacobeo, el viento Mateo que recorre el camino. Viento peregrino a quien Santiago bendijo en Galicia. Fue él quien varó en Iria la nave del apóstol, y es el viento que refresca el sudor del caminante cuando es mediodía por Castilla. Dicen crónicas antiguas que fue el viento Mateo el que hizo a Jesús más liviano el camino del calvario. Y desde entonces, su brisa auxilia a quien salda una deuda de fe. Tengo en el registro general de los vientos, archivada la ficha de Laior, que es el viento terrible, el viento del cautivo, el que mece al ahorcado cuando la tarde es un presagio oscuro. Hay un viento, Baldul, que siempre fue maldito. Guió en su regazo al tropel de ángeles que se rebelaron con Luzbel al frente. Fueron derrotados y desde aquel día aviva el fuego eterno en los infiernos donde reina el maligno. Belcebú dispuso que Baldul sea el viento del averno. Otro día contaré la suerte de los amables vientos menores, y daré noticia de los soberbios grandes vientos, los llamados mayores. Queda pendiente el compromiso. Hoy los vientos se dan cita en la península aventada de San Cibrao, hasta allí va a viajar este nordés llevando la noticia del otoño en una postal de viento, de todos los vientos que desbaratan en un abrazo de brisa mi inventario.