LINCOLN Road es una calle peatonal que cruza Miami Beach de este a oeste. Mide algo menos de un kilómetro, pero entre el bullicio de sus galerías de arte, restaurantes y comercios se mueve una multitud que es como una metáfora de América del Norte. Hace poco más de una semana la recorrí con mi familia en busca de un local en que olvidar la pesadilla de unos días a base hot dogs y viví con alegría el brillante espectáculo de media docena de lenguas maniobrando con el único fin de que sus hablantes pudieran entenderse. Y es que en Lincoln Road se oye hablar en inglés y en español, pero también en el francés de los inmigrantes haitianos, en el italiano de los hijos de los inmigrantes italianos, en el hebreo de su inmensa colonia de judíos, o en el portugués de los miles de brasileños que hacen turismo o se buscan la vida trabajando. Sí, en todas esas lenguas, entre otras: en todas al tiempo y en las más diferentes combinaciones que cabe imaginar. A nadie se le ocurriría, sin embargo, proponer en Estados Unidos que la lengua oficial del Congreso norteamericano fuera otra que el inglés: y ello por dos razones diferentes. Por puro pragmatismo -pues el inglés es la lengua franca en que se entienden ya o acabarán por hacerlo todas esas comunidades de distinta procedencia- y por sentido de la historia: porque cuanto más plural es un país más necesarios son en él los elementos de cohesión social y cultural. Abordar en España el debate sobre el cambio del patrón lingüística hasta ahora vigente en las Cortes Generales sin tener en cuenta ese aspecto del problema sería una grave irresponsabilidad de la que, sin embargo, muy pocos de sus impulsores no nacionalistas parecen ser conscientes Y así, con la ayuda del oportunismo de los unos y la imprudencia de los otros, va ganando terreno, sin apenas discusión, una posición que podría acabar conduciéndonos a lo que hace nada la inmensa mayoría de los españoles hubieran considerado un esperpento: que nuestros diputados y/o nuestros senadores se entiendan entre sí no en el idioma que tienen en común sino a través de los servicios de traducción simultánea de las Cámaras. Pues el problema no es técnico, como algunos se empeñan en decir para desviar el centro del debate; ni un asunto de costes económicos. Es, por el contrario, un problema que entronca con una cuestión política central: la de si en el lugar donde está representado el pueblo español en su conjunto debe o no mantenerse el más sólido de sus elementos de cohesión territorial: el castellano, la única lengua común en la que los españoles podemos entendernos. Porque de eso se trata: de entendernos. En todos lo sentidos.