DE SIEMPRE, la fortaleza estuvo vinculada a la aglomeración humana. En Grecia y en Roma, en los castros del noroeste y en la hoy maltrecha Mesopotamia, en el Islam y en China, en la Europa del románico, del renacimiento y del barroco, la muralla está siempre presente como defensa, como deslinde del poder y de su sombra protectora, emblema del señorío emplazado en los puntos dominantes de la geografía. Hasta que la nueva clase surgida de la revolución burguesa, que ya había superado sus miedos y su necesidad de amparo, decide liberarse del simbólico corsé, y las murallas empiezan a caer en una operación expansiva, higienista e inmobiliaria cuyo paradigma está en el París de Napoleón III y Haussmann. En nuestras urbes el mismo fenómeno se reproduce desde 1860, de forma consecutiva, con la expansión de los ensanches. Hoy las murallas son de otro género, invisibles pero a veces infranqueables. El gueto, que nació para segregar a los judíos, se ha extendido por todo el mundo como consecuencia de la inmigración y la emigración hacia la ciudad. Cuando nos sentimos vulnerables nos comportamos de forma gregaria, agrupándonos en torno a la identidad común que deviene de la religión, la cultura o el color, en un mecanismo parecido al que apremiaba a las gentes de los castros o los burgos medievales a recluirse tras las murallas. El gueto de la exclusión existe porque la ciudad permite que haya espacios de sombra, abandonados, impenetrables. Desatendidos por la política, no reconocidos como ciudadanos, quedan entregados a la pobreza y la marginalidad, la violencia y el narcotráfico. Guetos son las favelas de Río, los ranchitos de Caracas, los barrios de las maras de San Salvador o en nuestra vieja Europa, evidentemente a otra escala, zonas de París o Bruselas, por ejemplo. Pero también hay guetos «oficiales», muestra de la multiculturalidad de la que pueden presumir algunos distritos de Nueva York. El que gobierna puede adoptar ante la exclusión dos posturas: aceptarla como una fatalidad o hacerle frente. Los observatorios urbanos analizan la mudanza social de los barrios conflictivos, en un esfuerzo por impedir la guetización mediante un reparto inteligente de la vivienda por distritos, el apoyo a la pequeña actividad económica, la rehabilitación del parque residencial degradado, procesos de saneamiento de los espacios públicos y control de la enseñanza obligatoria, porque sólo la formación y la cultura pueden aproximar a las comunidades tradicionales y nuevas y simultanear con dignidad vivienda, trabajo y ocio. En América Latina todo es mucho más complicado, ya que en las favelas, por ejemplo, ni siquiera existen calles y tienen que ir haciéndose hueco y otorgando títulos de propiedad a los miles de habitáculos hacinados. Al lado de estos guetos sin murallas, pero reales, a veces lindando con ellos, han surgido de forma desafiante nuevas fortalezas, las gated communities , en las que hay que entrar con tarjeta, defendidas por guardias y vallas electrificadas, con un helipuerto que garantiza la salida de la jaula en caso de emergencia. En USA algunas ya están proponiendo la segregación fiscal, porque no ven la necesidad de aportar recursos al fondo común, toda vez que se consideran autosuficientes. Me quedo con el hábitat y el habitar de Henri Lefevbre y no con la aceptación-predestinación de que la exclusión, voluntaria o forzada, no tiene remedio.