VEINTE AÑOS de España en la Unión Europea han ido socavando algunos clichés históricos. Uno, muy muñido en el pasado, era la barrera pirenaica que nos aislaba (protegía según otros) de Europa. España se configuraba así hacia adentro separándose del mundo norteafricano y árabe por un lado y distanciada del resto de Europa... por los Pirineos. Además nuestra proyección americana -paralela a la de Portugal- agrupaba en parte a vascos, extremeños, gallegos o catalanes como salida natural... penínsular. Hoy Cataluña y el área mediterránea consideran el Languedoc y la Región Pirenaica francesa como un espacio de interrelación natural, Galicia hace lo propio con la Región Norte de Portugal y se plantea lo mismo el País Vasco con Aquitania. Es así como dos locomotoras históricas de la sociedad española -la catalana y la vasca- que actuaban y dependían de tal proyecto configurador, tienen hoy nuevos horizontes más allá de una barrera que era «frontera española». Disolución que actúa de puente hacia sociedades y economías centroeuropeas envidiadas y emulables. Añadamos que la Unión Europea, y más en su reciente ampliación, ha ido visualizando que muchos de sus miembros -Eslovenia, Irlanda, Letonia, Luxemburgo, Lituania...- con una menor dimensión (social y económica) tienen mayor peso europeo que Cataluña o el País Vasco. Agreguemos a esto el hecho de que señales identitarias como la lengua autóctona, minoritarias en un espacio español, se redescubren ahora como no menos útiles que éste en uno europeo donde la lengua franca es básicamente el inglés. Esa escala es la que también anima el deseo de proyección internacional directa en algunos deportes. Aunque no menos cierto es que mientras se disolvía la barrera Norte de España ha resurgido con fuerza asombrosa una nueva barrera hacia el Sur. Ahí somos frontera pura y dura de Europa... África y el mundo árabe desearían incorporarse a nuestra opulencia, tienen una presencia demográfica notoria en nuestras ciudades... Y también ante estos cambios nuestra reacción identitaria «europeísta» aparece como lógica y más útil que la meramente española. La sustitución de la peseta por el euro visualiza bien -y refuerza- esa nueva frontera. Nos guste o no, tales fuerzas subterráneas obligan a replantearse (más allá del Senado, la Constitución, este o aquel Estatuto.... lo que Savater nombra como el «ser» o «estar» en España) los intereses y estrategias compartidos. Observe el lector cuántos de éstos y de éstas han salido aquí que no remiten ya hacia el interior de España sino hacia afuera . Pero si, así las cosas, no vale una España radial y centrípeta... ¿quién y cómo define y prioriza las alternativas?, ¿cuál es la estrategia transoceánica -aérea, marítima- común? ¿quién la protagoniza, cuántos la comparten?, ¿cuál es la red transeuropea terrestre dentro y hacia la península?... las preguntas se amontonan. La vieja España sólo podrá gestionar bien todo esto si asume e integra nuevos protagonismos hacia afuera . Pero, simultáneamente, hacia adentro, ¿será posible proveer de forma igualitaria salud, educación, protección social, sin un esquema radial de «caja única»? ¿con más cupos y asimetrías? Confieso que no tengo las respuestas a estas dobles preguntas. Pero, sin duda, si no es razonable el bloqueo radial de nuevas posibilidades que se abren a nuestras sociedades, tampoco lo será el oportunismo de estar a las maduras (cuando una minoría nacional arranca prioridades al decidir el poder «central») captando recursos presupuestarios. Demasiado bilateralismo en ambos casos, pero ¿cómo organizar nuestro multilateralismo?, ¿cómo separar, y al mismo tiempo combinar, demandas ciudadanas y de territorios sin hipotecar la fraternidad de unos y la libertad de otros?