TENGO un amigo que nunca compra La Voz. Peor aún, milita como lector de otro periódico que le dice lo que le gusta, y va por ahí haciéndole propaganda. Si estoy cerca, intensifica las loas hacia el competidor y las exagera. Cuando nos vemos, se mete con mi periódico casi como si se tratara de un saludo obligado. A cambio, le pregunto siempre por un par de noticias o tres de las que no ha podido enterarse por leer un diario de segunda. O mejor, por leer sólo ese diario. Aun así, nos llevamos muy bien. A pesar de que su equipo de fútbol tampoco es el mío, y de que su manera de vestir podría describirse fácilmente: se pone todo aquello que yo nunca me pondría. Sobre el noventa por ciento de las cosas tenemos opiniones, no ya distintas, sino contrapuestas. Apenas coincidimos en una, eso sí, lo bastante grande para que sus andanzas merezcan mi admiración más completa e incondicionada. Las diferencias estrechan la amistad y la enriquecen si las relativizamos, si nos reímos de ellas respaldados en lo que nos une. Por supuesto, no renuncio a que mejore, al menos, de periódico. Por una vez en la vida, tendrá que aguantarse y leer, e incluso tendrá que recortar y guardar con afecto, un artículo de La Voz de Galicia . psanchez@udc.es