LA CAMPAÑA del concello de Oleiros contra Sharon, en la que se representa al primer ministro israelí como un monstruo a cuya grupa cabalga un exultante Goerge Bush, ha producido una furibunda reacción del embajador de Israel en España y ha provocado un considerable revuelo político y diplomático que ha requerido la intervención del ministro Moratinos y del presidente de la Xunta. El hecho tiene una indudable importancia y, desde luego, sus indiscutibles implicaciones políticas merecen una reflexión. En efecto, nada de lo sucedido, desde la desproporcionada reacción israelí hasta la inusual intervención del Gobierno español, puede entenderse si no se tiene en cuenta un hecho fundamental: que el Gobierno de Israel aspira a la impunidad absoluta y goza ya de una cobertura política de la que carece cualquier otro Estado en el mundo. Las autoridades de aquel país están convencidas de que, debido al atormentado pasado de su pueblo, Israel no podrá ser nunca sometido a juicio por la comunidad internacional, y, por tanto, consideran cualquier crítica a su actuación como una expresión de primitivo antisemitismo, coartada con la que pretenden encubrir sus desmanes y acallar toda discrepancia. Por supuesto, esta recurrente argumentación es la que ha utilizado el embajador de Israel para intentar descalificar la campaña contra Sharon. Pero, sea cual sea la opinión que se tenga sobre ella, la campaña del concello de Oleiros contra el primer ministro israelí nos sitúa ante una dramática realidad y nos plantea algunos interrogantes para los que es necesario tener respuesta: ¿practicamos un peligroso antisemitismo cuando rechazamos al siniestro personaje responsable de las matanzas de Sabra y Chatila? ¿Nos movemos quizá por prejuicios antijudíos cuando repudiamos a un jefe de gobierno que ordena continuos e indiscriminados ataques contra escuelas palestinas, campos de refugiados, hospitales o instalaciones civiles de todo tipo? ¿Deberíamos mirar para otro lado cuando un dirigente político promueve ataques contra ambulancias y personal humanitario, o cuando permite que los heridos se desangren hasta morir? ¿Deberíamos, en definitiva, permitir que, al amparo de la situación internacional y bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo, Sharon se adueñe de las terribles palabras de Dios en el Deuteronomio: «Míos son la venganza y el pago»? De ninguna manera. Oponerse con toda energía a la política de Sharon es un deber moral ineludible que no tiene relación alguna con el antisemitismo, del mismo modo que la oposición a Franco que en su día realizaron los demócratas de este país nada tenía que ver con los sentimientos antiespañoles que se les atribuían. El embajador de Israel y su gobierno, en vez de aferrarse a una falsa coartada para eludir su responsabilidad, deberían recordar las palabras que Einstein, de cuyo compromiso con la causa judía no puede dudarse, escribió a Chaim Weizmann en 1929: «Si no logramos encontrar el camino de los acuerdos y la honesta cooperación con los árabes, es que no hemos aprendido nada de nuestra vieja odisea de dos mil años, y mereceremos el destino que nos acosará».