LA LIBERACIÓN de Irak pasa por el tiro en la nuca. No deja de ser una forma peculiar de entender la libertad y la democracia, pero hay quien la interpreta así. La liberación pasa por la aniquilación y por la desaparición. Es el método utilizado por las tropas norteamericanas en su tarea de democratización del país y que se ha rebelado a los ojos del mundo durante el asalto a Faluya y gracias a la cadena NBC. Hasta el más rudo y tosco no habrá podido evitar un sobresalto al ver a un marine norteamericano rematar a un insurgente gravemente herido, desarmado y abandonado en el suelo. Un disparo a escasa distancia acabó con la vida de quien no representaba amenaza alguna. Pero tan difícil de soportar es esa imagen del tiro en la nuca como la actitud soberbia y chulesca del asesino y de quienes lo acompañan y protegen. O escuchar el «¡ahora ya está muerto!», como colofón a su hazaña. De la conducta de los militares norteamericanos en su incursión iraquí nos quedaban ya escasas dudas. Por lo visto hasta ahora, imaginábamos los principios por los que se rigen: devastación, destrucción, muerte y horror. Ahora sabemos también que en sus códigos de ética militar llevan incorporado el tiro en la nuca. La ejecución de heridos por la fórmula más vil jamás conocida. Y que, además, mandos y compañeros cierran filas en apoyo del ejecutor. Washington intenta ahora lavarse la cara abriendo una investigación. Obligado, sin duda por la emisión de las imágenes en todo el mundo. Pero no es necesario que se molesten en investigar. Ya sabemos cómo se las gastan. La contribución norteamericana a esta guerra no han sido las bombas de racimo ni los misiles inteligentes. La gran aportación del país que se quiere erigir en faro de la libertad, en su empeño por democratizar y liberar Irak es el tiro en la nuca.