EN EL CONFLICTO entre Israel y los palestinos no hay manera de dar con alguien que sea mejor que cualquiera de cuantos le rodean. Es uno de esos conflictos ante los que un buen número de gente pone cara de circunstancias, mueve la cabeza hacia los lados y sentencia que en las guerras no hay buenos ni malos. La sentencia merece una cierta atención. En un mundo ideal, los buenos estarían a la práctica de la bondad, y los malos, a sus cosas. Ni unos ni otros -enfrascados por igual en sus asuntos y absortos en la contemplación del estado de las artes- dispondrían de tiempo ni de ganas para entregarse a otras ocupaciones ni, mucho menos, a un negocio tan absorbente como la guerra. De modo que cabe deducir que en la guerra no hay lugar para los buenos ni para los malos. Pero si hay lugar para los tontos, como sabe cualquiera que haya estado en una guerra o la haya examinado y seguido con atención. Y los tontos son la presencia más peligrosa en una guerra. En la trinchera representan un alto riesgo. En las salas de mapas son los heraldos del suicidio. En el conflicto entre Israel y los palestinos no hay tontos. Hay suicidas, pero los suicidas no son tontos, sobre todo cuando son, como los de Oriente Medio, suicidas auténticos. Tampoco hay terroristas suicidas. Hay suicidas a los que les han comido el coco -comida que no sé si es fácil o difícil- para transformarlos en suicidas terroristas. Esa carencia de tontunas y bobaliconerías es lo único estimulante de ese conflicto una vez desaparecido Arafat -que no era tonto aunque le encantaba parecerlo-. Ni israelíes ni palestinos están dispuestos a comprar la mula ciega, pero sí lo están a considerar las condiciones y circunstancias en que se les ofreciera tan mermado animal. El tiroteo del pasado domingo en los alrededores más inmediatos al candidato a la presidencia de la OLP, Mamad Abbas (Abu Mazen), y a su jefe de seguridad, el coronel Dahlan, sustenta lo que digo y muestra, quizá por primera vez, que unos dirigentes palestinos saben administrar sus estados de gracia hasta expresarse con una sangre fría espectacular. Apenas puestos a cubierto de tanto fuego amigo, Abbas y Dahlan decidieron ponerse estupendos. Dahlan afrontó el hecho como «un tiroteo entre hombres armados después de una disputa algo acalorada». Abbas se refirió a los disparos como a «unas fricciones entre hombres armados que habían disparado al aire». A partir de esos comentarios bien se puede decir que la educación flemática del carácter Los tiroteos son normales en Palestina, representan la expresión coyuntural de un estado de nervios hecho estado de ánimo. Abbas y Dahlan así lo entendieron. Arafat se habría puesto a repartir besos entre los suyos. Abbas y Dahlan dejaron entender que tan normal es pegar tiros como recibirlos. Y veinticuatro horas más tarde conseguían una tregua de sesenta días aceptada por Yihad Islámica y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, mientras que Hamas plantea su condición de que las próximas elecciones sean no sólo presidenciales sino también legislativas. Una condición que quizá no desagrade a Abbas ni a Dahlan. Son las ventajas de la sangre fría al dejar bien claro lo que es normal entre amigos que se acaloran al discutir.