HAGAMOS un ejercicio de imaginación. Sencillo. George W. Bush pierde las elecciones, cuando todo indicaba que iba a arrasar. Se busca acomodo en una universidad española como profesor asociado y aprovecha sus viajes para reunirse con el anterior nuestro, que se mantiene en La Moncloa. Sigamos fantaseando. En sus clases magistrales y en sus encuentros palaciegos el presidente norteamericano tiene a gala vilipendiar a su sucesor, supongamos que Kerry, su política y la de sus países afines. Al tiempo, celebra las malas relaciones diplomáticas y los enfrentamientos que pudieran producirse. ¿Permitirían los norteamericanos esta situación esperpéntica? Una sociedad con tan elevado concepto del patriotismo, ¿aceptaría que la situación de su país fuese tema de tertulia y cotilleo entre personas ajenas y a miles de kilómetros? ¿O correría a gorrazos al bueno de Bush el día que regresara? Y el Partido Republicano, ¿defendería orgulloso la gira de su ex líder? Como ejercicio de imaginación puede que hasta sea ingenioso. Como realidad, es exagerada y absurda. Porque nadie que haya ocupado un cargo de responsabilidad osaría criticar con vileza a su sucesor, ni mofarse de la situación del país que le subvenciona sus caprichos y los de su familia. Es una alucinación pensar que Gorbachov, Romano Prodi, Vaclav Havel, Milan Kucan; el brasileño Cardoso o el argentino Raúl Alfonsín se refugien en un despacho ajeno, de un país ajeno, para conspirar contra su propio estado. Sobre todo, después de haber dado lecciones de patriotismo y lealtad. Así que algo vamos a tener que hacer con los ex presidentes de Gobierno. Antes de que alguno se vuelva loco y empiece a dar la vuelta al mundo hablando mal de su país, de su gobierno y de sus gentes. Porque entonces tendríamos que enjaularlo.