FUE EL SIGNO de Arafat el de una política sin rostro al servicio de una nación sin Estado. Pero tampoco la nación palestina, en el tiempo que desaparece quien la simbolizaba, tiene rostro e identidad unívocos. Hay una nación de los palestinos del éxodo, que no podrán volver porque les tomaron el puesto los del éxodo judío: instalados en Tierra Santa por el sionismo. Y hay otra nación de los palestinos pegados al residuo geográfico que les dejaron tras los sucesivos expolios: por la creación del Estado de Israel, en 1948, y por la ocupación de territorios tras de la Guerra de los Seis Días, en 1967. Pero existe también esa otra «nación árabe» que trasciende, en una teórica unidad de proyecto, a los 14 Estados que integran la Liga. Arafat murió en París sin otros aguaceros que el de la tensión política de los sucesores y el del misterio de su fortuna: afanada en una gigantesca malversación de fondos internacionales. Y vino a expirar también el Rais mientras se borra la distinción entre nacionalismo árabe e islamismo, pues acumula éste, como apoyo político, la causa de aquél para su propio relanzamiento. El maridaje de una y otra cosa se ha producido por virtud de la guerra de Irak: islamistas de Al Qaida y nacionalistas de Sadam han mezclado los propósitos, las estrategias y la sangre. En este contexto, la cuestión palestina acaba por resolverse en un cruce de caminos que borra la faz inicial del proyecto que Arafat representaba. Antes pues de que el Rais expirara, el curso de la Historia había ya arrastrado su signo y su designio. Mérito suyo fue prevalecer sobre otros, también hijos de la Guerra Fría y fuertemente estribados en los potentes servicios soviéticos. Con su OLP pudo cruzar el charco del terrorismo y convertirse en interlocutor político. Pero desapareció el camino. La muerte se llevó a su interlocutor Rabin, asesinado por un terrorista judío. Los herederos de Arafat elegirán en enero a quien le sustituya. ¿Dejará su rastro con otro rostro?