Lecciones de un bienio negro

PEDRO ARIAS VEIRA

OPINIÓN

EN LA PRIMAVERA del 2002 se hizo una huelga general contra el Gobierno porque no se aceptaban las medidas del decretazo para aumentar el empleo y disminuir la precariedad laboral. Dos años y medio después el empleo precario sigue por las nubes, pero como hay un Gobierno de izquierdas en la Moncloa, la precariedad ya no figura en la agenda de las preocupaciones de los agentes sociales. Con las pancartas engrasadas, en el otoño del mismo año el movimiento Nunca Máis, nucleado por los nacionalistas gallegos y arropado por el resto de la izquierda política, social, cultural y actoral, echó la culpa al Gobierno vigente por el accidente del Prestige ; en lugar de dirigir sus iras a los piratas del mar, verdaderos culpables de la catástrofe. Dijeron que iba a provocar un seísmo en la economía gallega, un daño irrecuperable durante décadas en el ecosistema marítimo y enfermedades mil en la ciudadanía. Movilizaron al personal como nunca se había visto. Todo fue refutado por el transcurso del tiempo; las instituciones hicieron su trabajo y el mar el suyo. Todo un ejemplo a exportar. Pero queda pendiente la prevención ante el futuro. Nuestros socios europeos no están por la labor de crear sanciones disuasorias a las mafias marítimas para que no se atrevan a fletar cascarones desechables con las espaldas financieras cubiertas por aseguradoras múltiples y abanderamientos en cascada. Aquí nos preocupamos por lo más aparente, los equipamientos paliativos y nuevas burocracias de control. No va más, las fuerzas de la contestación ya están en el Gobierno y no hay motivo para la insistencia. En la primavera del 2003 surgió la cuestión de Irak. El trágico porvenir del pueblo iraquí bajo Sadam Huseín apenas recibía atención en la vida sociopolítica española. Era uno de tantos condenados de la tierra. Pero la entrada de los americanos, en una coalición en la que figuraba el Gobierno español, permitió a la izquierda sustituir las pancartas descoloridas del Nunca Máis por las más impactantes del No a la Guerra . No se pensó que quizás, dentro del mal, podría surgir la liberación y la democracia para un pueblo masacrado. Sólo se vieron intereses petrolíferos en los adversarios y bondad pacifista en los propios. La disculpa para el partidismo fue el fundamentalismo legalista con la ONU. Pero no tuvo suficiente eco electoral, en las municipales se desplazó poco el voto. Y además la batalla de Madrid se saldó con un ladrillazo invertido. Hasta que llegó el 11-M/14-M. El campo estaba sembrado y el terrorismo, adecuadamente sazonado por una movilización airada de última hora, dió sus frutos y cambió el Gobierno. Desde entonces todo ha sido olvido, ya no se quiere saber ni evaluar nuestro pasado. Gobiernan los cabeza de pancarta, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del gobierno que domina. Amarga y vieja lección de un bienio negro, la crónica habitual de la vía española hacia la alternancia en el poder.