EN LAS OFICINAS de Correos nos piden lápices sin usar para los escolares de América Latina. En la calle nos solicitan ayuda para el tercio de la humanidad que padece desnutrición. En otros lugares, para evitar que 25 niños mueran de hambre cada minuto que pasa. Incluso nos piden que ayudemos a millones de seres a los que les llueve metralla cada mañana. Pero nosotros, estamos a lo nuestro. Preocupados porque dos gais se van a vivir juntos o porque se agilizan los divorcios. Somos así. Ahora mismo el mundo está que se cae de las manos, pero nosotros vivimos inmersos en la llamada ofensiva por el laicismo que está a punto de convertirse en una tangana. Porque mal acaba lo que mal empieza. Y mal ha comenzado la «movilización de las conciencias de los fieles católicos». Así que vamos a ver si logramos ser serios. Unos y otros. Nadie puede negarle a la Iglesia el derecho que le asiste para adoctrinar a sus fieles. Utilizando sus propios medios, el rigor y la verdad. A partir de ahí, todo lo que no sea así, la descalifica y la lleva a un terreno pantanoso en el que sus fines van a ser curiosamente, los grandes perjudicados. Lo que la Iglesia ha de plantearse es que la pérdida de su influencia social no se afronta, precisamente, con campañas artificiales. Entablar disputas sobre cuestiones que una gran parte de la sociedad ha ya superado es de una torpeza atroz. Como lo es izar la bandera contra la eutanasia y esconderse cuando las bombas destrozan las vidas de decenas de miles de personas. Aquí no existen más campañas ni ofensivas que las que se promueven con los mismos argumentos que hace casi un cuarto de siglo. La enseñanza de la religión, el aborto, el divorcio, la eutanasia y la financiación. Sobre todo la financiación. Esa es la clave de esta tangana.