Tierra

| MIGUEL-ANXO MURADO |

OPINIÓN

ES LÓGICO que los israelíes pretendan negarle a Arafat un lugar para enterrarse en Palestina. Al fin y al cabo, en eso consiste Israel: es una firma inmobiliaria fanática, siempre hambrienta de terrenos. Puesto que les niega a los palestinos tierra para vivir en ella, ¿qué tiene de sorprendente que se la niegue también para morir en ella? Después de todo, la muerte es infinitamente más larga que la vida, y un cuerpo sepultado entra en posesión de la tierra para siempre. Me viene a la mente aquella ansiedad de los empleados del Ayuntamiento israelí de Jerusalén cuando simplemente abrían una zanja para cablear un barrio y daban sin querer con la mezquita, la escuela, la iglesia, el lavadero, el olivar, los huesos desordenados de lo que fue un pueblo vivo y ahora es una queja silenciosa. Se los hacía desaparecer apresuradamente en bolsas de basura en la noche, como lo que quizá eran: cuerpos del delito, pruebas de un crimen colectivo. Lo mismo les sucedía a los arqueólogos de la Universidad Hebrea: bajaban estrato tras estrato de la tierra seca excavando en busca del mítico templo de Salomón, pero todo lo que encontraban, amontonados unos sobre otros como los siglos, eran los restos de las sucesivas generaciones de palestinos, sus huesos enredados como cerezas con los de sus abuelos, y éstos con los de sus antepasados, hasta llegar sin interrupción a esa noche oscura que es el pasado remoto. Sí, sobre lo que fue y ya apenas es Palestina pisan con fuerza el soldado y el colono, y los millones de israelíes que han llegado de todos los rincones del mundo para gozar los frutos de la tierra de otros y construir sobre ella sus obras efímeras. Pero basta que uno escarbe un poco para que encuentre, aquí y allá, las señales del pueblo que fue su dueño y ahora vive exiliado o encarcelado. Puede que Israel vaya ganando a ras de suelo, si es que en ese intercambio de tragedias que es la guerra puede haber algo que se parezca a ganar. Pero bajo esa misma tierra va ganando Palestina. Allí, bajo las moles de los asentamientos y el peso de los tanques, están la mezquita, la escuela, la iglesia, el lavadero, el olivar y los huesos. Los de Arafat, como los de todos los que han muerto en esta guerra, poco añaden a esa silenciosa victoria de los derrotados. Pero por poca tierra que pudiesen ocupar, sus enemigos saben que esa tierra sería para siempre Palestina.