LA NOCHE de las elecciones escuché un rato en la radio a dos catedráticos españoles de economía que trabajan en universidades americanas de renombre. Hacían lo que podían para explicar al entrevistador que tanto el programa económico de Bush como el de Kerry eran malos y que, puestos a elegir, no sabían con quién quedarse. Insistían en que aquellas elecciones nada tenían que ver con la economía, que otra cosa estaba en juego: el modelo de sociedad. En la cadena vecina se hablaba de que la avalancha de voto nuevo -sin apoyo en ningún dato, como se demostró- beneficiaría a los demócratas. También atribuía el mismo efecto al voto hispánico. Finalmente, votó más gente que nunca: catorce millones de votantes se estrenaron, un porcentaje muy alto de ellos hispánicos. Y ganó Bush. El 9 de septiembre recibí un correo que guardé y ahora releo con dolor. Me escribía un profesor de Derecho: «Cuento los días que faltan para leer los periódicos españoles y reírme. Ninguno de tus colegas es capaz de explicar por qué va a ganar Bush». La predicción, para mi bochorno, fue más amable que la propia realidad: algunos explicaron por qué iba a ganar Kerry. psanchez@udc.es