EN SU DIMENSIÓN estrictamente humana, la enfermedad de Yaser Arafat tiene poca historia. Llevó una vida intensa, llena de excesos y trabajos, hasta agotar toda la fuerza de su cuerpo. Por eso lleva mucho tiempo en una dolorosa agonía -lucha entre la vida y la muerte- que parece estar en su último capítulo. Héroe para su gente, villano para Israel, la biografía de Yaser Arafat estará siempre ligada al titánico esfuerzo que realizó para mantener unido al pueblo palestino, dotarlo de fe y esperanza, y sentar las bases políticas y estrátegicas de su utópico Estado. Y, puesto que ese camino no se hace sin tener grandes aciertos y enormes errores, no perderé ni un segundo en dilucidar si fue un terrorista que devino en hombre de Estado, o si fue un estadista rozado circunstancialmente por la guadaña del terror. Porque todos los partos políticos se hicieron con dolor, y porque ninguna nación tiene un historial suficientemente limpio como para pedirle cuentas a la historia palestina. De lo que no tengo duda ninguna es de que Yaser Arafat no supo retirarse a tiempo, y que, apegado al poder de una forma impropia de los grandes hombres, acabó vinculando a su suerte personal la propia realidad del pueblo palestino. Hace más de cinco años que Yaser Arafat no está en condiciones de dirigir y controlar la acción de gobierno. Y hace al menos otros tantos que su figura se ha convertido en un obstáculo para la formulación de un plan de paz que no esté basado en la imposible revisión de la historia de Israel. Y por eso cierra sus días con tan lamentable herencia: un Gobierno sumido en el desorden económico y administrativo, un vacío de liderazgo y legitimidad que recarga las penalidades del pueblo palestino, y un proceso de construcción nacional sumido en la quiebra política y en la desorientación estratégica. Cada vez me resulta más difícil de entender por qué designio moral se pegan los hombres a las vanidades del poder, para acabar comportándose como líderes insustituíbles e inmortales. Lo que empieza como un servicio a la patria acaba como una rémora insoportable. Y lo que antes fue un proyecto discutible, pero admirable, termina como un lamentable espectáculo de egocentrismo. Claro que Yaser Arafat no está solo en esta historia. Porque vuelven a estar de moda los líderes que, abusando de las formas de legitimación que los situaron en el poder, aprovechan todas las oportunidades que se les brindan para crear un vacio de liderazgo que les convierta en hombres imprescindibles. Por eso hacen coincidir su entierro con una crisis generalizada del sistema. Algo que, aunque vaya revestido con traje democrático, no deja de ser puro autoritarismo.