Aguas de octubre

| EDUARDO GALEANO |

OPINIÓN

UN PAR DE DÍAS antes de que al norte de América se eligiera al presidente del planeta, al sur de América hubo elecciones y hubo plebiscito en un país ignorado, un país casi secreto, llamado Uruguay. En esas elecciones ganó la izquierda, por primera vez en la historia nacional; y en ese plebiscito, por primera vez en la historia mundial, el voto popular se opuso a la privatización del agua y confirmó que el agua es un derecho de todos. El movimiento que encabeza Tabaré Vázquez acabó con el monopolio compartido de los dos partidos tradicionales, que venían gobernando el Uruguay desde el origen del universo. «Yo creía que habíamos ganado los blancos, pero ganamos los colorados», se escuchaba decir, así o a la inversa, en cada elección. Por oportunismo, sí, pero también porque después de tanto cogobernar, blancos y colorados se habían convertido en un partido único disfrazado de dos. Harta de que le tomaran el pelo, la gente hizo uso del poco usado sentido común. Se preguntó la gente: ¿Por qué prometen cambios y otra vez nos invitan a elegir entre lo mismo y lo mismo? ¿Por qué no hicieron esos cambios si llevan una eternidad en el gobierno? El vicepresidente del país llegó a la conclusión de que este pueblo preguntón no es inteligente. Nunca se había hecho tan evidente el abismo que separaba al país real de los discursos cazavotos. En el país real, país malherido, donde sólo se multiplican los emigrantes y los mendigos, la mayoría optó por taparse los oídos ante el discurserío de estos marcianos compitiendo por el gobierno de Júpiter con altisonantes palabras venidas de la Luna. Ninguno de los dueños del poder tuvo la honestidad de confesar: «Estamos jodidos todos ustedes». Hace treinta y pico de años, brotó el Frente Amplio en estas llanuras del sur. «Hermano, no te vayas», exhortaba el nuevo movimiento: «Ha nacido una esperanza». Pero la crisis fue más veloz que esa esperanza, y aceleró la hemorragia de población que ha vaciado de jóvenes al país. Al fin del sueño de la Suiza de América, empezaba la pesadilla de la pobreza y la violencia. La espiral de la violencia culminó en la dictadura militar, que convirtió a Uruguay en una vasta cámara de torturas. Después, cuando volvió la democracia, los políticos dominantes exterminaron lo poco que quedaba del sistema productivo y convirtieron a Uruguay en un gran banco. El banco quebró, como suele ocurrir con los bancos cuando los asaltan los banqueros, y nos quedamos llenos de deudas y vacíos de gente. Ahora hasta los dentistas se quejan: «Poquita gente, poquitos dientes». En todos esos años, de desastre en desastre, hemos perdido una multitud. Los jóvenes son los que más se han ido, a buscar trabajo en otros suelos, bajo otros cielos. Y para más inri, no contento con expulsar a los muchachos, este sistema esclerótico les prohíbe votar. Uruguay es uno de los pocos países donde no pueden votar los que viven en el extranjero, ni en los consulados ni por correo. Parece inexplicable, pero tiene explicación. ¿A quién votarían esos votos? Los dueños del país sospechan lo peor. Tienen razón. También el plebiscito del agua fue una victoria contra el miedo. La opinión pública uruguaya sufrió un bombardeo de extorsiones, amenazas y mentiras. Votando contra la privatización del agua, íbamos a sufrir la soledad y el castigo y nos íbamos a condenar a un porvenir de pozos negros y charcos malolientes. Como en las elecciones, en el plebiscito ha vencido el sentido común. La gente ha votado confirmando que el agua, recurso natural escaso y perecedero, debe ser un derecho de todos y no un privilegio de quienes pueden pagarlo. Y la gente ha confirmado, también, que no se chupa el dedo y sabe que más temprano que tarde, en un mundo sediento, las reservas de agua serán tanto o más codiciadas que las reservas de petróleo. Los países pobres, pero ricos en agua, tenemos que aprender a defendernos. Más de cinco siglos han pasado desde Colón. ¿Hasta cuándo seguiremos cambiando oro por espejitos?