¿RECUERDA USTED, lector de mi Querido Mundo , cuando el mulá Omar, aquel siniestro jefe supremo de Afganistán, proclamaba que su prioridad era salvarnos a todos «de la ignorancia», mientras aniquilaba los derechos de las mujeres y devastaba el patrimonio cultural del país, demoliendo, por ejemplo, los dos gigantescos Budas de Bamiyán ante la pasividad general? ¿Lo recuerda usted? Lo digo porque causa asombro la cantidad de analistas y opinantes que denotan haberlo olvidado, en un extraño afán por hacernos creer que el Afganistán de hoy es más o menos como el de ayer. No sé si es una derivada de cierta fruición antinorteamericana o es consecuencia de la enfermedad de Alzheimer, pero, en cualquier caso, es una estupidez. La situación en Afganistán está muy lejos de ser la ideal, pero ya no es la de un país plagado de talibanes y seguidores de Al Qaida que coreaban a todas horas su deseo de contribuir a la destrucción del actual orden mundial (por cierto, en un momento en que nadie se los tomaba en serio, ni siquiera la CIA y menos aún los servicios secretos europeos). No hay honradez intelectual en confundir lo que está ocurriendo en Irak con lo de Afganistán. Ni la hay en mezclar ambas situaciones como partes del mismo error de Bush. No. La situación de Afganistán debería ser mejor, insisto, pero la guerra de Irak simplemente nunca debió ocurrir. Ésta es la diferencia, como bien advirtió el Consejo de Seguridad de la ONU. Sin entronizar el concepto de guerra legal e ilegal , lo cierto es que la invasión de Afganistán era una obligación desde la perspectiva del derecho internacional, mientras que la invasión de Irak fue un capricho argumentado con mentiras que ha destrozado el liderazgo estadounidense, tan reconocido internacionalmente después del ataque terrorista del 11-S. Ésta es la diferencia radical que desautoriza la reticencia respecto de lo sucedido en Afganistán. Sólo la desmemoria malintencionada permite decir lo contrario. Por eso conviene recordar ocasionalmente por qué se hacen las cosas, antes de que el alud de los intereses borre la realidad, o la reescriba. Lo de Afganistán, sí; lo de Irak, no. Sin más vueltas.