25 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

HACÍA un rato que había terminado de recoger las prendas. Se le acercó el gerente de la institución y le espetó: «Cuando termine su turno, no es necesario que vuelva. Vamos a prescindir de sus servicios. Pásese a recoger el finiquito». Así, sin más. Se quedó sola. Las lágrimas pugnaban por salir. Consiguió retenerlas. Apretó los puños y dijo: «¡Os vais a enterar!». Decidió emplear el rato que le quedaba en cambiar de sitio todas las fichas que colgaban en las perchas del guardarropa: la uno por la veinte, la cinco por la trece, etc. Cuando llegó la hora del relevo, se fue a cobrar el finiquito y no informó del cambalache a su compañera. Acabaron las sesiones del Congreso y los compromisarios acudieron a retirar sus prendas. Los de la boina recibieron birretes y los del birrete, boinas. Tanto unos como otros se encontraron a gusto con sus nuevos cubrecabezas. Fue todo una lección de acercamiento, y así, gracias a un despido, se incrementó el hermanamiento y todos fueron felices.