EL ECONOMISTA estadounidense Paul Krugman, que recibió el viernes en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, defendió, en unas declaraciones, los valores de cohesión y uniformidad que definen el proyecto original de la Unión Europea (el proyecto de los padres fundadores) y advirtió del riesgo de que algunas ampliaciones desvíen o retrasen el diseño inicial. No deja de ser llamativo que esta advertencia la haga un estadounidense europeísta, partidario de las ampliaciones ordenadas y dirigidas a fortalecer la cohesión y la uniformidad que se busca. Un economista también muy crítico con la actual Administración estadounidense y muy decepcionado de que Estados Unidos sea hoy «uno de los países más desiguales del mundo». Porque su reflexión coincide con la de muchos europeos que se manifiestan preocupados por unas ampliaciones que no acaban de ser digeridas con facilidad y que parecen la antesala de otras todavía menos fáciles de digerir sin que se difumine el perfil original de la unión. ¿Dónde está el entusiasmo que debería conmover a todos los europeos comunitarios ante la cita en las urnas para ratificar la Constitución europea? No existe. La verdad es que vivimos horas bajas del europeísmo y los líderes de esos países que presumen de ser las locomotoras no están a la altura de las circunstancias. Así, a la postre, los ciudadanos, en vez de una unión más sólida y segura, lo que perciben es un batiburrillo difícil de organizar. Y son estadounidenses como Jeremy Rifkin (autor de El sueño europeo: cómo la visión europea del futuro está eclipsando el sueño americano ) o Paul Krugman, los que nos recuerdan con convencimiento y vigor que no hay un proyecto más ambicioso, justo, solidario y equilibrado en todo el mundo. ¿Por qué no nos lo decimos nosotros, los europeos? Es un misterio. Un misterio peligroso. Porque no hay garantías de que la Constitución europea sea refrendada en todos y cada uno de los países de la UE. Y si no lo es, no nos engañemos: la Unión Europea sufrirá un frenazo. Y eso afectará a su futuro. Porque seguirá siendo un enano político.