EMPECEMOS por dar al César lo que es del César. Porque su mérito no es pequeño en este caso. Manuel Fraga parece haber logrado lo que hace un mes resultaba una quimera: proyectar la imagen externa de un congreso de unidad, alejar del escenario de la política gallega la hipótesis de un inmediato adelanto electoral, y transmitir la idea de que el PP tiene todavía un año por delante para intentar darle la vuelta a los pronósticos que le auguran la derrota en los próximos comicios autonómicos. Este habilidoso lavado de fachada no va a servir, en todo caso, para tapar una grieta que, pese a no estar a la vista de la inmensa mayoría del público, que vive fuera de la casa popular, recorre de cabo a rabo el edificio del PP: la dramática grieta sucesoria. Pues, siendo la de la sucesión de Fraga la única gran incógnita que el congreso del PP no ha sido capaz de despejar, todos los demás éxitos -reales o aparentes- se quedan en agua de borrajas. ¿Qué deberían hacer a partir de ahora el PP y su líder principal si uno y otro actuasen guiados por el cálculo racional de ganar las elecciones? Pues -¡hablemos claro de una vez!- lo que, al parecer, docenas de dirigentes populares consideran ya lo más sensato a la vista de cómo se han sucedido los acontecimientos en las últimas semanas: Fraga, renunciar, y el PP, elegir un nuevo candidato. Aunque, obviamente, ninguno de los dirigentes del PP que presienten que su partido camina directo al matadero -es decir, al perdedero - se atreve a comentar su convicción públicamente, todos intuyen lo que, por lo demás, intuyen también decenas de miles de gallegos, votantes o no del Partido Popular: que, con Fraga al frente, las posibilidades de perder son mayores que las posibilidades de ganar. Justamente lo contrario de lo que hasta ahora había venido sucediendo. ¿Quiere eso decir que Fraga asegura la derrota? No: quiere decir que no asegura la victoria y, que no asegurándola, tiene poco sentido empecinarse en competir con un cabeza de cartel que arrastra todos los inconvenientes que arrastra Manuel Fraga: sus inevitables errores tras muchos años de gobierno, el explicable cansancio del cuerpo electoral, una imagen que es poco competitiva entre los jóvenes y una frágil salud que podría demoler las expectativas del PP si un desmayo como el de hace quince días se produjera a quince días de la cita con las urnas. Es posible, pese a todo, que el presidente repita finalmente. Pero, si se da el caso, esa opción no será ya el fruto de un encuentro, sino sólo el de una gran evasión: la de un hombre que huye de sí mismo, y la de un partido que huye de su obligación de decirle la verdad.