CUANDO las estaciones del año mudan su piel, son frecuentes las noticias que dan cuenta del fallecimiento de ancianos que viven solos. Aparecen en los diarios reportajes acerca del desvalimiento de los mayores y esa mala conciencia colectiva que produce vivir de prisa y competir con uno mismo nos deja un nudo en la garganta cuando leemos la crónica cotidiana de una soledad que comienza a ser pandémica. La soledad de los ancianos es un compendio de silencios, una enciclopedia callada poblada de recuerdos, una vida en deconstrucción que ya no puede reconstruirse. La melancolía es un estado de ánimo que el otoño prende del pliegue más sensible del corazón de los humanos, pero la melancolía habita el mismo territorio que el olvido, que se ubica, pared con pared, en la caja del pecho, con el reloj de arena de la soledad. Muy pronto aprendemos el alfabeto de la soledad, el catón básico de las ausencias,un catálogo lleno de adioses, aprendemos a no girar la cabeza porque a quien queremos mirar ya no está, a refugiarnos en las vueltas que da la cucharilla de café por el borde de la taza como en una noria sin fin mientras nos bebemos la tarde en lentos sorbos. En nuestra sociedad, que ensalza lo joven como referencia única, no hay lugar para los ancianos. Lo viejo lleva puesta la etiqueta de inútil, de no válido, de prescincible. Los viejos no caben en nuestras ciudades ni en nuestros afectos, de poco sirven sus experiencias de toda una vida, los viejos son la medida de la tristeza y de la soledad, y en la nueva cultura que dicta el imperio no hay un lugar, que no sea ese tibio sol mañanero de los parques, donde colocarlos para que no molesten. La soledad tendría que ser invisible, debería estar prohibida por decreto, o despachada con receta para uso exclusivo de poetas y de adolescentes malheridos por una historia de amor. La soledad es la botella al mar en la que los ancianos dejan que navegue la carta escrita de su vida, escrita con multitud de puntos y aparte, para concluir con un punto final que tiene que poner el destinatario. Nuestras ciudades están repletas de personas mayores pobres y solas. Un ejército de ancianas y ancianos deambula cartografiando el nuevo y definitivo mapa de la soledad en su versión corregida y puesta al día. Cada mañana se ven rebuscando los tesoros ocultos en las papeleras, nuestros viejos habitan las mañanas urbanas y desaparecen frente a los televisores que en cada hogar vigilan la memoria personal de nuestros ancianos. Recientemente leí que no es raro que la muerte los sorprenda viendo la última película de la madrugada y que es el televisor quien alerta a los vecinos de una mala noticia. En estas ocasiones, el televisor es la alarma de los pobres. Las ciudades no están diseñadas para los mayores, las prisas de los árboles impiden ver el bosque de la calma. Los pueblos fueron construidos a la medida del hombre, y en los pueblos la soledad no abrió, todavía, casa y rara vez acude para quedarse. En los otoños los diarios cuentan la soledad por el número de ancianos fallecidos que vivían solos. No son pocos, y esto va a más, y nadie busca antídotos, no hay vacunas ni pócimas milagrosas, y este mal se extiende y avanza. La soledad es una sombra, un país donde no da nunca el sol. Aviso para navegantes: debo añadir que cualquier parecido con una evidente realidad, no es, ni mucho menos, pura coincidencia.