Veo, veo

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

-VEO, veo -dice ella. -Y ¿qué ves? -le preguntas. Ella, una niña, ríe, ríe y suelta un surrealista: -Veo verde. El verde de los árboles camino del monte, piensas, el verde de las ventanas de unos chalets adosados, el verde de una marquesina de autobús. La niña ríe, sin más sombras. Reír es su juego. Hace sol, el sol es como un fuego lento en otoño. El coche sube la cuesta como un caracol hacia la cumbre donde vive tu amigo. La niña va sentada en su trono, en el asiento de atrás. Vais a casa de tu amigo para que jueguen juntas las dos niñas pequeñas, para que jueguen y se peleen, que es lo que se hace a esa edad. -¡Cómo se las quiere! -te dice tu amigo que ve como las miras sin perder detalle. Es un amor inexplicable, como no hay otro en la vida, un amor que no tiene nada que ver con el deseo, un amor del que nunca te hartas, con el que nunca te llenas. Por eso se pierde tanto cuando se pierde a un padre. Nunca nadie te volverá a querer como tu padre, lo piensas todo junto y se lo dices con la mirada a tu amigo. No hacen falta las palabras, a él le pasa lo mismo. Gracián más o menos lo dijo: la vida sin amor, un desierto sin final. cesar.casal@lavoz.es